Siempre me ha parecido injusto confundir a un tacaño con un rata. Son categorías completamente distintas.
El tacaño tiene todo el derecho del mundo a gastar poco. El dinero es suyo. Si quiere comprarse un coche de segunda mano, llevar el mismo abrigo veinte años o pedir agua del grifo en un restaurante, allá él. Su austeridad la paga él y nadie tiene por qué reprochárselo.
El rata juega a otro deporte. Su especialidad consiste en conseguir que el gasto que le corresponde a él acabe saliendo del dinero de quienes le rodean. Es un experto en trasladar pequeños costes a los demás. No es un estafador ni un mentiroso. Es alguien que, simplemente consigue que seas tú quien acabe pagando parte de lo que él le corresponde.
El tacaño ahorra su dinero sin perjudicar a nadie. El rata ahorra con el dinero ajeno.
Todos conocemos alguno. Está el que, después de pedir el vino más caro, el chuletón y el postre, propone dividir la cuenta. “Así es mucho más fácil”. Sin embargo, el día que solo toma una ensalada y agua mineral, propone repartir la cuenta según lo que cada uno ha pedido.
Pero los hay más audaces. Después de repartir la cuenta, recoge discretamente el ticket antes de que nadie reaccione. Se acerca a la barra y pide una factura a nombre de su empresa. Es decir, consigue que sus amigos le paguen parte de la comida y, además, se la deduce. Si consigue deducirse el gasto, a partir de tres comensales, el rata ya gana dinero con la comida. No está mal.
Mi mejor amigo me contó que solía comer una vez al año con un antiguo compañero de la universidad. Cuando traían la cuenta, mi amigo, aun sabiendo que el año anterior había pagado él, llevaba cortésmente la mano al billetero y el otro decía: “¿Este año pagas tú?”
Sí, esta y la anterior, pensaba siempre para sus adentros. Y, por educación, se callaba y pagaba. Al final decidió no llamarle más para ir a comer.
Todos entendemos que un amigo pase una mala época y no pueda pagar. Lo que cuesta aceptar es descubrir que alguien convierte la amistad en un modelo de financiación permanente.
El rata es también el que te llama para que le revises un contrato “porque tú entiendes de eso”; el que te pide que le presentes a un cliente independientemente de que quizás afecte a tu propio negocio; el que necesita que le dediques una tarde porque “a ti no te cuesta nada”; y cuando eres tú quien necesita un favor, suele estar muy ocupado.
El rata no se considera rata. Se define como una persona práctica que sabe aprovechar las oportunidades. Lo dicho, el tacaño protege su dinero. El rata hace negocio con el tuyo.