El 'banco de l’Espinàs'
Cuando Josep Maria Espinàs llegaba a un pueblo de aquellos que retrataba en sus viajes a pie, solía ir directo a la plaza donde hubiera gente sentada en un banco. Él también se sentaba sin decirles nada, miraba en la misma dirección que ellos y al cabo de un rato dejaba escapar una simple observación, como por ejemplo: “Pues parece que va a llover”. Entonces los compañeros de banco, con ganas de adiestrar al forastero, le daban todo tipo de explicaciones sobre la dirección del viento, la marcha de las nubes y la cantidad de lluvia en la comarca. Y así comenzaba una conversación que acababa adentrándose con naturalidad hasta los rincones más íntimos de la identidad local que había ido a descubrir.
Un banco, saber preguntar y saber escuchar. Hablamos de ello en la presentación del Correllengua 2026 de la Coordinadora de Asociaciones por la Lengua Catalana (CAL), ahora que se acerca el centenario del nacimiento de Espinàs. Su editora, Isabel Martí, explicó que cuando el escritor murió fue a ver a la consejera de Cultura para proponerle una idea original, cien por cien espinasiana: en vez de ponerle su nombre a una calle, ¿por qué no ofrecer a los pueblos y ciudades que lo quisieran instalar un banco de Espinàs, un lugar para sentarse y hablar de todo y de nada, como corresponde a la plaza pública, con una pequeña placa que explicara que aquel banco era un recordatorio de uno de los más grandes escritores catalanes contemporáneos y el escenario de su capacidad conversadora? La propuesta fue muy bien recibida, pero nunca más se supo de ella.
¿No sería interesante que la Generalitat o las diputaciones recuperaran la idea para celebrar el centenario de Espinàs?