El terrible feminicidio de Figueres nos obliga a hacernos una pregunta incómoda pero imprescindible: ¿qué le pasa a un hombre para que llegue a asesinar a plena luz del día a su pareja? ¿Qué se rompe para que alguien decida que antes de perder el control sobre una mujer prefiere aniquilarla?
Durante años hemos explicado estos crímenes como si fueran explosiones súbitas de rabia o locura. Pero cada vez más personas expertas insistimos en que el feminicidio no es un impulso inexplicable. Es, a menudo, el último peldaño de un proceso gradual de control, posesión y deshumanización. Ningún hombre mata “de golpe”, hay una escalada.
Los estudios sobre feminicidios señalan factores recurrentes como la necesidad extrema de control, incapacidad de gestionar la frustración, antecedentes de violencia o una vivencia de la ruptura como una humillación intolerable. Cuando una mujer denuncia, se marcha o pone límites, algunos agresores no lo interpretan como una decisión legítima sino como una pérdida de poder. Y es aquí donde la violencia se radicaliza.
La socióloga Rita Segato explica que muchos feminicidios tienen que ver con la necesidad masculina de “restaurar soberanía” sobre una mujer que consideran suya. El problema no es solo la ira, sino la convicción profunda de que aquella mujer le pertenece.
Por eso muchos feminicidios llegan después de la ruptura o de la denuncia. El caso de Figueres impacta especialmente por la brutalidad y la exposición pública, pero también porque había una orden de alejamiento vigente. La víctima había denunciado. Había antecedentes. Y a pesar de todo, fue asesinada. Esto deja una sensación devastadora de fracaso institucional y colectivo. Porque una orden judicial es imprescindible, pero el papel por sí solo no detiene a un hombre dispuesto a asesinar. Hay que reflexionar sobre ello con profundidad.
También es imposible ignorar el contexto social. Los discursos negacionistas de la violencia machista han dejado de ser marginales. Se banaliza el feminismo, se cuestionan las denuncias y se presenta a los hombres como víctimas de una supuesta persecución. Este clima no crea asesinos automáticamente, pero sí que alimenta frustraciones y masculinidades construidas desde el resentimiento. Y esto es muy peligroso.
Según el ministerio de Igualdad, más de 1.300 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en España desde 2003. Las cifras son demasiado persistentes y dolorosas para continuar hablando de casos aislados.
Detrás de cada feminicidio hay una vida truncada, familias devastadas y una herida colectiva que no se puede normalizar. Por eso, ante el ruido negacionista, ahora más que nunca hay que seguir plantando cara. Pero resistir no es suficiente. También hay que seguir revisándonos, replanteándonos y actuando como sociedad para que esto no vuelva a pasar. Porque cada mujer asesinada es también la prueba de aquello que todavía hemos sido incapaces de prevenir.