En Catalunya tenemos tantas excusas para no hacer lo que tenemos que hacer... Siempre hay un agravio, un entretenimiento o una idea superior, un objetivo inalcanzable o una obligación minúscula que transforma la realidad en un trámite que pierde interés. En el ambiente hay un cansancio paralizante, un desastre que acecha, una valoración justiciera, muchas miradas de reojo. Y así, con un no hacer nada sin cesar, hace siete años que se proclamó una fallida independencia que no se creyeron ni los que la proclamaban y que sigue determinando acciones, objetivos y alianzas políticas.

A la política catalana le cuesta pasar página, sacar conclusiones, mirar hacia adelante y actuar diferente. Que no es que no se parezca ni a la estadounidense ni a la británica, donde se corta de raíz, es que cuesta avanzar más que en Francia o Portugal. Compartimos desafíos y dificultades, pero nos fabricamos un entorno social y político mucho más sentimental y, por tanto, peligrosamente resentido y poco eficiente.

Las elecciones del 12 de mayo son importantes. Lo son porque si en algo coinciden los partidos es que Catalunya necesita gestión, dinero y, yo añadiría, resultados. Flotar no es una opción, porque se percibe el cansancio y las tensiones en los ámbitos que son los que garantizan la cohesión social. Si el ascensor social deja de funcionar, si hablar catalán no da prestigio, si la pobreza sigue creciendo y se enquista, si la escuela no aporta conocimientos útiles al mercado laboral ni un sistema de derechos y deberes comunes, si la clase media se precipita al fondo del pozo, tendremos el desastre garantizado. Si no actuamos determinadamente, nos deslizaremos hacia una decadencia más o menos simpática, soleada y gastronómicamente excelente.

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Los indicadores económicos son optimistas, y se crece por encima de la media europea, pero al mismo tiempo el 24,4% de la población en Catalunya se encontraba en 2023 en riesgo de pobreza o exclusión social. Si alguien piensa que se puede seguir flotando colectivamente sin experimentar la fractura que vemos en tantos lugares de Europa, está equivocado.

En este ambiente de cansancio, desánimo y huida de una realidad incómoda, tendremos que ir a votar. Los catalanes tendrán que decidir si miran hacia atrás o hacia adelante; tendrán que decidir cuánto pesan en su decisión los reproches, las ilusiones y la capacidad de ajustar cuentas en el sentido de evaluar los resultados de cada propuesta política.

Habrá que ir a votar. Tapándose la nariz, racionalmente, sin entusiasmo. De hecho, la democracia crece en cierto aburrimiento. Y después de ir a votar habrá que obligar a los actores a pactar. No puede darse por inevitable una repetición electoral que sería cara y paralizante. El gobierno de la Generalitat importa y la gestión es imprescindible, y Catalunya no puede estar, pongamos hasta septiembre, empantanada con un gobierno en funciones que para gobernar tiene que ir aprobando ampliaciones de crédito con los votos de aquellos mismos partidos que no le aprobaron los presupuestos. Tampoco sería un buen negocio acabar con la legislatura española. Si alguien cree que con Franco se vivía mejor, solo una pista: en la fosa común del barranco de Víznar, en Granada, los arqueólogos han encontrado los restos de un niño de entre 11 y 14 años fusilado durante la Guerra Civil. Le dispararon dos veces. Junto a los huesos se han encontrado un lápiz y una goma de borrar. España todavía es esa memoria por curar, y los bárbaros siempre están a las puertas.

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Lo verdaderamente difícil es pactar, negociar, levantar la persiana. Eso sí: es menos épico y menos ilusionante, palabra emocionante pero también tiene un componente de espejismo.

Que las cosas son susceptibles de empeorar es una obviedad, y que el enemigo exterior es una fuente de excusas o que los bárbaros podemos acabar siendo nosotros mismos, también.

Hace unas semanas, el escritor Sebastià Alzamora eligió un poema para leerlo en la presentación de su último libro, El Federal. Me resuena en la cabeza.

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Es de Kavafis y se titula Esperando a los bárbaros:

¿Qué esperamos reunidos en el ágora?

Los bárbaros llegarán hoy.

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¿Por qué la intranquilidad en el senado?

Porque los bárbaros llegarán hoy.

¿Por qué los senadores no legislan?

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¿Qué nuevas leyes van a dictar?

Cuando los bárbaros lleguen

harán sus propias leyes.

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[...]

¿Por qué tan rápido los ciudadanos

vacían las plazas y las calles,

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y regresan a sus casas pensativos?

Porque cayó la noche y los bárbaros no llegaron

y gente que viene de la frontera asegura

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que ya no existen los bárbaros.

Y ahora, ¿qué sucederá sin los bárbaros?

Estos hombres al menos ofrecían una solución.