Barcelona, los botellones y la fiesta con reservas

La fiesta mayor de final de verano de Barcelona, la Mercè 2021, aparece como una nueva prueba de fuego en el camino para salir de la pandemia. Un camino en el cual, como hemos visto últimamente, se han interpuesto fenómenos como el de los botellones, la descontrolada salida adolescente ante el preventivo cierre del ocio nocturno, que el Procicat solo ha aflojado a partir de este jueves en los negocios que tienen espacios exteriores, que son muy pocos. De forma que la posibilidad de botellones masivos se mantiene, con lo que esto puede suponer, tanto en términos de orden público (ruido, desperfectos en el mobiliario, suciedad, violencia homófoba...) como de peligro de contagios. El avance sostenido de la vacunación (por cierto, qué desastre que hayan caducado 70.000 dosis: por un lado, debe de haber habido algún tipo de carencia de previsión, y por otro, irresponsabilidad entre las franjas jóvenes de la población) ha dado en esta recta final del verano y de entrada del otoño una sensación, en parte falsa, de que el virus está vencido. El covid está en retroceso, pero todavía está allí, aunque le quede poco recorrido por delante. Pero de aquí a pensar que ya no hay que preocuparse hay una gran distancia.

La Mercè, tradicionalmente, ha sido sinónimo de aglomeraciones, de gentío en la calle, de noches largas, de alegría desbocada. En tiempos prepandémicos, era un momento para disfrutar en libertad de la ciudad. Con el covid todavía activo, todo esto no nos lo podemos permitir. Este año todavía no. La alternativa que ha programado el Ayuntamiento es una fiesta mayor con reservas: espectáculos con cita previa, aforos limitados y sobre todo mucha más Guardia Urbana y Mossos d'Esquadra por las noches para frenar los posibles botellones. Sería una lástima que este despliegue se convirtiera en el protagonista de la Mercè. En cualquier caso, vistos los precedentes de los que venimos, de entrada es una medida preventiva necesaria. Preservar el orden público, proteger el mobiliario urbano, hacer cumplir las normas, proteger el descanso de los vecinos, no son una opción, son una obligación de las autoridades públicas.

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Dicho esto, la realidad de los botellones y la necesidad insoslayable de evitarlos no nos pueden llevar a criminalizar genéricamente a la juventud. No por ningún tipo de guardia baja ni absurda condescendencia debida al covid ni por ningún relativismo buenista, sino porque desde que el mundo es mundo los jóvenes han sentido la necesidad de ir más allá, de desafiar el poder establecido, de buscar apasionadamente la alegría de vivir y la diversión, de experimentar su libertad. La Mercè, como cualquier gran fiesta urbana, año tras año es un momento que concita esta energía juvenil en parte incontenible. El caso es que ahora no puede ser. De forma que unos y otros tenemos que encontrar el punto medio ante el choque entre las ansias adolescentes y el peligro persistente de la pandemia, entre la fiesta y el civismo, entre el orden y la libertad. La Mercè de este 2021 tiene que ser una fiesta mayor segura y contenida. No hay más remedio. Y no podemos descartar que algunas opciones hayan venido para quedarse.