El papa León XIV en el Vaticano
02/06/2026
Periodista
2 min

La tarde de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, el periodista norteamericano que retransmitía la ceremonia para la NBC advirtió a los espectadores (con gran sentido de la intriga, que permite arañar unos minutos más de audiencia) que la última vez que el rey de España había entrado en el palco de aquel estadio se había llevado una buena pitada y que todo el mundo estaba pendiente de lo que estaba a punto de ocurrir. Se refería a la reinauguración del Estadio de Montjuïc, de 1989, en la que los del Freedom for Catalonia dejaron claro que o los Juegos también eran en catalán o habría ruido. Aquella tarde de 1992 los espectadores vieron a Juan Carlos de Borbón entrando con los acordes de Els segadors, seguidos por los de la Marxa reial, entre los aplausos del público. Después de amenazas cruzadas, la pax olímpica evitó el conflicto lingüístico, hasta el punto de que el catalán fue lengua oficial de aquellos Juegos.

Si no hay un poco de sensatez y no se acaba ajustando el protocolo previsto, los comentaristas televisivos de la visita del Papa ya saben que el día 10 tienen una oportunidad similar para mantener la audiencia pegada a la pantalla en el momento de la bendición papal de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia. Que 34 años después de los Juegos de Barcelona todavía tengamos que estar presionando y discutiendo sobre el uso del catalán en Cataluña en una ceremonia de alcance mundial es la muestra de hasta qué punto, en España, el poder político, económico y, lo que es más triste, eclesiástico solo se siente dignamente representado por una lengua, y que oír hablar al Papa en catalán en presencia de las autoridades del Estado es una especie de afrenta simbólica. Han pasado más de tres décadas y ninguno de los dos países, sobre todo Cataluña, es como era entonces, pero el recurso de la diplomacia todavía existe.

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