La "barcelonización" de Cataluña
En febrero del año 1926, hace exactamente cien años, la Revista de Cataluña inició una encuesta sobre la "Cataluña-Ciudad", un concepto acuñado en 1905 por el escritor modernista Gabriel Alomar. Desde una posición catalanista pero del todo contraria al regionalismo conservador, Alomar propugnaba una revalorización de la idea de ciudad, que a su juicio era donde se encontraba, históricamente, "la fuerza de las nacionalidades" y de su resurgir. Por eso, el escritor mallorquín (que posteriormente sería uno de los fundadores de la Unión Socialista de Cataluña), sostenía que era necesario emprender "la barcelonización de Cataluña, de la vieja Cataluña montana y campesina, desvirtuada por la convivencia secular con la España española". Es más, auguraba que "hasta que el pueblo catalán no reanude el movimiento de su órbita en torno a la nueva Barcelona, hasta entonces no habrá nación rediviva".
Otro político republicano de Alomar y afirmó que "el objetivo del nacionalismo es que toda Catalunya sea ciudad". La idea se abrió camino, incluso en sectores conservadores del catalanismo, y Eugeni d'Ors la adoptó para el Novecentismo, coherente con su voluntad de extender en todo el país una "civilidad" que quería construir una cultura nacional pero también de clases fuertemente desigual. Así pues, no es raro que la Revista de Cataluña haz una encuesta sobre el concepto de Catalunya-Ciutat, desde el convencimiento, expresado por su director, Antoni Rovira i Virgili, que "sería difícil encontrar una fórmula al mismo tiempo más exacta, más concisa y más expresiva". Pero el resultado no fue del todo satisfactorio: de acuerdo con el resumen que hacía el propio Rovira al cabo de unos meses, en diciembre de 1926, Cataluña no se encontraba todavía "espiritualmente" conjuntada y, aunque en los decenios previos las distancias geográficas y espirituales se habían atenuado considerablemente, " Cataluña-Ciudad. Nuestra Ciudad de la Inteligencia la tenemos ya ahora. Pero hay que ensancharla, mejorar la urbanización, asegurar y facilitar los enlaces.
Rovira constataba entonces que el objetivo propuesto no estaba al alcance: "La fruta no es aún suficientemente madura" y "el momento no es del todo propicio". Asimismo, se mostraba particularmente dolido por el hecho de que, a lo largo de la encuesta, había constatado "los persistentes lamentos y acusaciones contra el centralismo barcelonés y contra el carácter absorbente de Barcelona". Él, que no era barcelonés, se sublevaba contra esta idea, y afirmaba en cambio que "Barcelona, en el curso de la historia, ha pecado mucho más por falta de ambición [...] que por afán de agachar, absorber o centralizar". A su juicio, el "jefe y casal de Catalunya" no había sido ni "capitalidad burocrática ni directora férrea", por lo que "nunca ha dictado la ley en la tierra de Catalunya". Es más, "ha sido más tímida que atrevida" y "para los demás, más generosa que tacaña". Y concluía, de forma contundente: "Ha odiado poco, y le han odiada mucho".
Hoy, cien años después –y en un momento en que está en vías de aprobación el plan director del área metropolitana de Barcelona que debe sustituir el viejo PGM de 1976, decisivo para ordenar el acceso a la vivienda y la movilidad integrada–, la Cataluña-ciudad es una realidad campesina- la, la vieja superada por una urbanización no sólo física del territorio que, en cierto modo, ha hecho que "toda Cataluña sea ciudad". Un territorio poroso, permeable, que actualmente, a pesar de las maldades ferroviarias que padecemos —Cercanías es, o debería ser, de hecho, el metro de esta gran ciudad—, está plenamente conectado por los "enlaces" de los que hablaba Rovira y Virgili.
Lo que no ha desaparecido, me parece, es la también vieja cuestión del papel que debe tener el Cap y Casal respecto del conjunto catalán. En los años 80 y 90, Jordi Pujol hizo uno de sus caballos de batalla, y la idea de Maragall de un poder metropolitano desató una "guerra cultural" hoy ya desvanecida. Pero en algunos sectores sigue vigente el recelo de que la barcelonización suponga una pérdida para la catalanidad, llegando a formularse que, en realidad, lo necesario es una catalanización de Barcelona. La cuestión no hay que obviarla, porque el futuro del país va estrechamente ligado a la evolución de su capital (pregúntalo, si no, a los valencianos, oa los mallorquines!), pero si el debate debe ser mínimamente fructífero, y honesto, deberíamos ponernos de acuerdo antes sobre qué significa la catalanidad, sin miradas social que está cambiando rápidamente.