La batalla de nuestra vida

Nuestro blue monday nacional es el 12 de septiembre de 1714. Según dicen las crónicas, Barcelona abrió sus puertas a las tropas francoespañolas y el duque de Berwick se extrañó de ver que los barceloneses faenaban en las tiendas y los obradores como si fuera un día cualquiera: un conmovedor ejemplo de tenacidad. Para mí, el día más triste del año suele ser el día después de Sant Jordi, cuando se desvanece el aroma de las rosas y el trajín de escritores y lectores, cuando se pliegan y se descienden las señeras, y la lengua y la cultura vuelven a acurrucarse después de una fulgurante jornada de protagonismo. El 24 de abril nos damos cuenta de que Sant Jordi es un espejismo mientras el dragón continúa moviendo la cola. Este año, a pesar de todo, tengo la sensación de que algo se mueve. Quizás por el éxito del Correllengua, quizás porque Òscar Andreu ha conquistado el podio con su Manual de defensa del català, o quizás porque creer es querer creer, pero detecto a mi alrededor una progresiva toma de conciencia lingüística. Es un sentimiento que transpira inquietud, pero también convencimiento. La situación de emergencia que vive el catalán ha contribuido a visualizar los riesgos de un modelo económico, político y cultural que, de forma gradual pero constante, nos desarraiga, nos diluye y nos empobrece como comunidad. Y de esto no se dan cuenta solo los catalanohablantes, sino también muchos recién llegados que, con independencia de su opción idiomática, aman el país y quieren que continúe siendo lo que es. Debemos ser lo suficientemente listos para discernir, de entre los enemigos, a estos posibles aliados. Y ser inflexibles con el resto. Dice Òscar Andreu: “El bilingüismo social es una trampa de quienes te exigen que seas bilingüe para que ellos puedan seguir siendo monolingües”.El idioma debe ser la batalla de nuestra vida. La generación de mis padres tenía el reto de recuperar la democracia y la autonomía, y lo consiguió. Mi generación dobló la apuesta con el proceso independentista, y no tuvo el mismo éxito. Y la lucha por el idioma será el gran reto de las nuevas hornadas de ciudadanos. Un desafío titánico y empapado de historia, porque en este país se habla catalán desde hace un milenio, y ha sido el idioma el que nos ha forjado como territorio y como país. La conservació –y la expansión– del catalán es un reto tanto o más difícil que las luchas políticas precedentes, porque implica un compromiso personal, diario, tenaz. No solo de los que mantienen el catalán, sino de los que, tarde o temprano, se habrán de incorporar. Todo depende de la firmeza de unos, la empatía de otros, y de unas políticas tan exigentes con la lengua propia como lo son en todos los países de nuestro entorno.

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Ya sé que este objetivo nos lleva a una sola conclusión lógica: necesitamos un estado propio. Pero la manera de acercarnos a esta meta es exprimir las herramientas que tenemos al alcance: un gobierno que tenga la lengua como prioridad nacional; unos partidos soberanistas capaces de hacer frente común en este terreno y forzar la máquina; un acuerdo nacional que implique a la sociedad civil, los agentes sociales, la comunicación y la cultura. ¿Difícil, verdad? Quizás tanto como conseguir que los ciudadanos hagan el gesto simple, maravilloso, heroico, de mantener el catalán, o de adoptarlo como propio. De forma generosa, convencida.Decía Lluís Companys que todas las causas nobles tienen defensores en todo el mundo, pero Cataluña solo nos tiene a nosotros. Nosotros, los happy few. Pensamos que es un privilegio que nos haya tocado estar vivos para luchar en nombre del catalán en su hora más difícil. Estoy seguro de que este objetivo nos puede movilizar de nuevo, y que esta movilización puede dar frutos insospechados.