Una imagen digital de la planta de biogás de la Sentiu de Sió.
Teresa Andreu es profesora de Ciencia de Materiales y Química Física en la UB. Joan Ramon Morante es catedrático de Física de la UB
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El debate sobre el biogás ha llegado a Cataluña cargado de recelos, intereses y simplificaciones. Es normal que genere debate: hablamos de residuos orgánicos, deyecciones ganaderas, plantas industriales, transporte, energía y territorio. Pero precisamente porque el tema es complejo, conviene evitar los diagnósticos que lo mezclan todo y acaban convirtiendo una tecnología de tratamiento de residuos en el chivo expiatorio de todos los problemas del modelo ganadero.El biogás es una tecnología de tratamiento de residuos orgánicos que permite transformar una parte del carbono biogénico (de origen biológico) en forma de metano, un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO₂ a corto plazo, aprovecharlo energéticamente o molecularmente y obtener un residuo digerido que puede tener uso fertilizante si se gestiona correctamente. Este proceso sirve no solo para los purines: también hay fracción orgánica municipal, restos de poda y jardinería, lodos de depuradora, residuos agroalimentarios, restos agrícolas, residuos de la industria alimentaria y otros flujos orgánicos que, en el contexto de emergencia climática, deben tratarse de forma anaerobia (en ausencia de oxígeno).Este es el primer malentendido. Presentar las plantas de biogás solo como “fábricas de energía” distorsiona el debate. Su función principal es ambiental: reducir las emisiones de metano, un gas de efecto invernadero decenas de veces más potente que el CO₂. Los residuos una vez digeridos no desprenden tanto metano, son fertilizantes químicamente más estables, con menos riesgo de elementos patógenos y menos compuestos volátiles que causan los malos olores. La recuperación del gas en forma de energía o molecularmente es relevante, pero es una consecuencia de la valorización de un residuo que hay que tratar, igual que con las depuradoras de aguas residuales o los residuos orgánicos municipales.Cataluña tiene un problema real de concentración ganadera en determinadas zonas, de dependencia exterior de piensos y de presión sobre suelos y acuíferos. No se puede imputar al biogás todos los impactos del modelo alimentario y ganadero: la soja importada, los cereales, los fertilizantes minerales, el transporte marítimo o la maquinaria agrícola. Estos impactos existen y se deben reducir. Pero no son causados por la planta de biogás. Forman parte del sistema ganadero y alimentario. Este problema se debe abordar con planificación ganadera, límites territoriales, control de cabaña, cumplimiento estricto de la normativa de nitratos y una mejor conexión entre agricultura y ganadería. Pero este debate no se resuelve rechazando en bloque la digestión anaerobia. Una cosa es discutir qué modelo ganadero puede asumir el territorio, y otra es decidir cómo tratamos mejor las deyecciones y los residuos orgánicos que ya se generan.

La digestión anaerobia no elimina el nitrógeno ni el fósforo de los purines. Este punto es importantísimo. Después del proceso queda un digestato que continúa conteniendo nutrientes y que, por tanto, continúa sometido a los mismos límites agronómicos: tierra disponible, capacidad de absorción de los cultivos, zonas vulnerables, planes de fertilización y controles de aplicación. Dicho de otra manera: el biogás no es una vía tecnológica que hace desaparecer los residuos y permite hacer crecer la cabaña porcina indefinidamente. No crea tierras nuevas, no hace desaparecer el nitrógeno y no anula el balance territorial exigido por la normativa vigente. Si hoy ya no hay base agraria suficiente para crecer, una planta de biogás no cambia este límite.Existe, además, una dimensión estratégica que a menudo queda fuera del debate: el valor del carbono biogénico. En una economía descarbonizada no bastará con sustituir combustibles fósiles por electricidad renovable. Habrá usos industriales que continuarán necesitando moléculas de carbono: la química de los plásticos, los polímeros, los disolventes, el metanol, determinados combustibles sintéticos u otros productos químicos básicos. ¿De dónde saldrá este carbono? Si no lo recuperamos de los residuos orgánicos o del CO₂ biogénico capturado, continuaremos dependiendo del petróleo y del gas como materias primas. Por ello, la digestión anaerobia no debe mirarse solo como una manera de producir un gas que se quema, sino también como un eslabón de una futura economía del carbono renovable: capturar metano puede generar biometano, pero también puede abrir la puerta a recuperar CO₂ biogénico y otros flujos útiles para la industria química. En Cataluña, donde el polo químico de Tarragona tiene un peso industrial enorme, esta cuestión no es menor: mantener actividad química en un escenario de neutralidad climática dependerá en buena parte de la capacidad de sustituir el carbono fósil por carbono renovable, reciclado o capturado. Entender esta función es clave para valorar las plantas de tratamiento de residuos con una mirada más amplia que la simple combustión del biogás.Por eso, afirmar que el biogás no puede ser circular porque como toda actividad industrial utiliza energía, materiales o productos auxiliares es una afirmación inconsistente. Con este criterio, prácticamente nada sería circular: ni el reciclaje, ni el compostaje, ni la depuración de aguas. La circularidad no es la pureza absoluta de un proceso sin ninguna externalidad, sino la capacidad de recuperar flujos materiales y energéticos que, de otra manera, se perderían o causarían impactos. En el caso del biogás, todos los productos, tanto los de la fase gas como los de la fase líquida-sólida, permiten una completa circularidad de los carbonos como carbonos verdes que cierra un círculo completo de forma innegable. Una economía circular no puede permitirse el lujo de desaprovechar materiales renovables imprescindibles. La idea de que los purines y los estiércoles “no son residuos” porque históricamente han sido fertilizantes no encaja ni con la necesaria solución a los problemas ambientales, ni con el necesario aprovechamiento de los recursos renovables para sustituir los fósiles y hacer frente a la emergencia climática.

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