Buenos hermanos ante el machismo

Fui a dar una charla en un instituto y les pregunté a los alumnos si habían presenciado algún hecho o acto de discriminación por razón de sexo. Interpel·lé directamente a los chicos porque ya hace años que me di cuenta de una obviedad en la que no había caído: que muchos de los hombres con quienes hemos vivido a lo largo de la vida, a pesar de que los hemos tenido al lado en las escuelas, casas, trabajos y espacios de ocio, no tienen ni la más remota idea de lo que hemos sufrido por el simple hecho de ser mujeres. No hablo, claro, de quienes nos han discriminado, ya sea por costumbre y cultura, por convicción ideológica o simplemente porque no querían renunciar a los privilegios que les da ser parte del sexo dominante. Me refiero a los hombres que no nos han visto nunca ni como inferiores ni como humanamente diferentes. Niños, chicos y hombres que son genuinamente igualitarios porque no conciben las relaciones en clave de sometimiento hasta que no les enseñan a ser los amos de sus homólogas femeninas. A pesar de que el feminismo se ha de ocupar principalmente de las consecuencias nefastas que tiene sobre las mujeres el patriarcado, nos haríamos un flaco favor si no pusiéramos también la mirada sobre cómo viven ellos esta organización social que les viene dada. Los hay que encajan en ella y se acomodan sin ningún problema, pero otros no.

“Yo he visto el machismo”, se atrevió a intervenir un alumno de 1º de la ESO, y toda la clase le escuchó. “Yo he podido ir siempre de colonias –dijo–, y mi hermana no. Y es porque ella es una niña y yo un niño”. Colonias, piscina, excursiones, extraescolares, vestimenta, que ellas no puedan salir sin ir acompañadas, que se tengan que ocupar de más tareas domésticas que ellos, que sean educadas para convertirse, tarde o temprano, en abnegadas y obedientes esposas y madres. Por fuerza este proceso de alienación de la voluntad de las hermanas que tiene como objetivo esclavizarlas, para hacerlas entrar dentro del corsé del género, por fuerza, digo, debe tener efectos terribles sobre los hermanos. De entrada porque a menudo presenciar la violencia puede llegar a ser tan traumático como sufrirla en propia piel. Por eso cuando hay hijos de por medio toda violencia machista contra la madre es una violencia también contra los menores, y maltratar a los hijos es siempre maltratar también a la madre. Los golpes al propio cuerpo se disipan, su efecto dura lo que dura el impacto en la carne; pero ver en directo la descarga de rabia contra un ser humano para infligirle dolor y sufrimiento, más aún cuando la persona está en condiciones de inferioridad o no se puede defender, cuando hay abuso, más aún cuando está dentro de un espacio sagrado para la seguridad y la paz individual como es el espacio doméstico, más aún cuando los agresores son quienes tienen el deber de cuidar de nosotros, más aún cuando los queremos y creemos que nos quieren, cuando la violencia se da con todas estas circunstancias, se inserta en la conciencia como una puñalada profunda que provoca una herida que puede tardar toda una vida en cerrarse. Aunque no parezca lo mismo, una educación machista, sin gritos ni golpes, también es una forma de brutalidad que traumatiza a cualquiera que aún conserve la sensibilidad propia de alguien a quien no se le ha erosionado la humanidad. De manera que cuando se insta a los chicos a aceptar el entramado de normas que perjudica a las hermanas y después se les pide que sigan los modelos de masculinidad discriminatoria, lo que se está haciendo es ponerlos entre la espada y la pared: o están del lado de los ganadores, los hombres fuertes y patriarcales, o son como las débiles sometidas. Cuando la cultura aún no ha calado lo bastante a fondo en las conciencias de los hermanos, responden lo que me respondió aquel alumno cuando le pregunté cómo se sentía ante este tipo de situaciones: “Me parece que no puedo hacer nada; es injusto, pero no puedo hacer nada”.