El burro y el cerdo

Ha dado la vuelta al mundo, como todo lo que tiene que ver con los toxic twins de la política internacional, la bronca que hace unos días Trump le echó a Netanyahu por teléfono: “Eres un sonado de mierda”, le dijo. “Estarías en la cárcel si no fuera por mí. Te estoy salvando el culo”. Un posible tema de estudio es la identificación entre los liderazgos que se pretenden fuertes y el lenguaje prostibulario que inunda la política y los medios de comunicación occidentales.En cualquier caso, por una vez, Trump se quedó corto. Tratándose de Netanyahu podía haber seguido lanzando insultos y descalificaciones, y todo lo que hubiera dicho habría sido justo: a condición, eso sí, de revertir también los improperios contra sí mismo. Trump culpaba a Netanyahu y a los ataques del ejército de Israel contra el Líbano de los repetidos fracasos trumpistas en las negociaciones con Irán, y con motivo. Pero también podría culparse a sí mismo y a su gobierno, que se empeñan en llevar adelante la productiva estrategia de combinar las negociaciones con los bombardeos sobre Teherán. Trump lleva semanas anunciando un acuerdo que, en palabras suyas, siempre es inminente y deseado por el régimen de los ayatolás con una desesperación que, de momento, solo se le nota al mismo Trump (el último anuncio, bastante dubitativo, es para este próximo fin de semana; Netanyahu, mientras tanto, dice haber acordado un alto el fuego en el Líbano, pero sus altos el fuego son tan elásticos que incluyen masacres de población civil, como en Gaza). Recordemos que Trump anunció la supuesta victoria de EE. UU. e Israel sobre Irán once días después del primer ataque sin preaviso: “Nuestro ejército ha destruido prácticamente Irán. Sus fuerzas aéreas están acabadas”. Casi tres meses después, la aviación, los drones y los misiles iraníes siguen torturando a unas fuerzas armadas norteamericanas que carecen de recursos. La furia guerrera de la administración Trump genera beneficios en forma de botines obtenidos en acciones piratas contra el derecho internacional (por ejemplo, el petróleo venezolano, que EE. UU. saquea ahora con la colaboración de Delcy Rodríguez y las mismas élites que ya parasitaban el país con Maduro; no ha habido ningún cambio de régimen, ni nada parecido), pero también merman presupuestos y armamento.

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Los insultos de Trump contra Netanyahu tienen un interés añadido, y es que revelan implícitamente una cierta conciencia de vivir con un pie dentro de la cárcel. Tanto el uno como el otro son criminales bastante más que presuntos, que usan el poder político como una huida hacia adelante de las cuentas pendientes que tienen con la justicia. Crímenes de guerra y contra la legalidad internacional, delitos fiscales y financieros en los propios países, y —en el caso de Trump— pederastia, forman parte del menú delincuencial con el que se alimentan quienes ahora son figuras centrales de la geopolítica. Que Trump insulte a Netanyahu es como el dicho aquel en que el cerdo le dijo a la mula orelluda. Con tantos miles de muertos como millones de dólares sobre las viejas espaldas, ambos personifican una manera de entender el poder que pone en riesgo la continuidad de la democracia tal como la hemos entendido hasta hace no mucho.