¿Por qué queréis niños si tenéis festivales?

Público del Sónar 2026 en la Fira Gran Via de L'Hospitalet de Llobregat
24/06/2026
Escritora
3 min

El mundo en el que vivimos, nos dicen, es como debe ser, no hay otro mejor. Tenemos que adaptarnos a él lo queramos o no. Las grandes fortunas son tan enormes, las grandes corporaciones tienen dimensiones tan gigantescas que se diría que se trata de divinidades omnipotentes y no de simples organizaciones dirigidas por personas tan humanas como usted y como yo. La desmemoria y el desconocimiento de la historia reciente nos hacen creer que es la fuerza del progreso la que nos ha llevado hasta aquí, a este escenario tenebroso en el cual parece que hemos decidido iniciar, sin haberlo pactado formalmente, un suicidio en masa. ¿O qué hace, si no, una sociedad que deja de reproducirse? Un grupo humano que no se perpetúa es un grupo que elige su propia extinción resolviendo de esta manera el dilema de Camus porque hace tiempo que el único problema filosófico no es individual (el suicidio) sino colectivo (dejar de tener hijos). ¿Pero cómo hemos de decidirnos por este acto de confianza ciega en el futuro, de esperanza desesperada si resulta que los vínculos que nos han sostenido siempre se han debilitado hasta mínimos históricos? Sin una familia sólida ni relaciones que aguanten la presión de un sistema de feroz competencia entre individuos por el trabajo, la vivienda, las prestaciones sociales, por la vida misma, sin lazos que escapen a lo que se puede comprar y vender, ¿cómo hemos de iniciar la aventura loca de traer una criatura al mundo? En la ciudad de Barcelona se ve que la natalidad ha bajado hasta niveles de 1920. Y aún gracias, diría yo, porque este es un entorno muy hostil a las criaturas. Primero porque, por el problema gordo de la vivienda, muchas familias que han decidido tener hijos se han ido fuera, y después porque los barrios que podrían ser más adecuados para vivir con niños son los que más gustan a los turistas y a los expats que nos han expulsado. Se me rompe el corazón cada vez que vuelvo a Gràcia y paso por las calles y plazas donde habían jugado mis hijos. Ahora hay más perros, con sus peluquerías y boutiques de ropa. Sí, el progreso debía ser esto: que en una ciudad como la nuestra haya más perros que niños, que se vista a las bestias y se las lleve en cochecito y se les dé por comer exquisiteces mientras que entre un 25% y un 30% de la población infantil vive en la pobreza. Que en una conocida plataforma de reproducción de música salga el anuncio de una plataforma de alquiler de apartamentos que amenaza de dejar a los barceloneses sin festivales si siguen con la manía de querer tener vivienda digna. De manera abierta y descarada el spot nos pide que imaginemos que no hubiera suficiente alojamiento turístico para los que vienen a pasarlo bien, que entonces no podríamos disfrutar de todos estos conciertos tan increíbles cuya entrada vale más que una mensualidad de guardería o lo que come una familia todo un mes.

El mundo es así, como debe ser, no hay ninguno mejor. Por eso las calles que no duermen en toda la noche y parecen mercados de gritos y juerga son las que se limpian sin falta cada mañana, y las aceras se levantan y se amplían para que bares y restaurantes puedan esparcir más y más mesas. Nos dicen que la ciudad está viviendo una transformación histórica, similar a la de los Juegos Olímpicos, y que debemos celebrar toda esta eclosión económica, quienes no tenemos hoteles ni apartamentos de alquiler ni nos dedicamos a la hostelería debemos aplaudir este crecimiento sin techo. Seremos todos prósperos, braman los que se frotan las manos con aumentos y ampliaciones con el símbolo del dólar en la niña. A ellos no les hace perder el sueño la finalización de ningún contrato de alquiler. Quizás la solución será vivir de festival en festival con los críos a cuestas e irles acostumbrando a la fiesta infinita de este mundo que nos dicen que es feliz, que es como debe ser.

stats