Todos los caminos llevan al papa de Roma

Sales a la calle y ves la ciudad llena de banderolas que dan la bienvenida al Papa con el símbolo de la Generalitat de Catalunya y del Ayuntamiento de Barcelona. Se extienden como una distopía. Bienvenido León XIV. Algunos edificios oficiales también han colgado carteles y solo nos faltan los tricornios de la Guardia Civil custodiándolos. Ya no valen. Un papa progresista es como un militar pacifista. Comprar estas definiciones es resignarse a la guerra y al retroceso. La institución que representa el Papa es, entre otras cosas, anacrónica, jerárquica y machista. Lo cual, ciertamente, se puede decir de muchas otras instituciones. La monarquía, sin ir más lejos. Y todo se mantiene y a todo le rendimos honores. No sea que viviéramos sin. Casualmente, la monarquía española y el Papa tienen en común que sus representantes, hombres de bien, son jefes de estado. Y la ciudadanía, solícita, les besa los pies. Eso sí, con libertad. Que la distopía, si la miras de lejos, es solo estética. Y te parece que todavía puedes elegir. Pero hay que tener en cuenta la súplica permanente, pidiendo el permiso a los papas y al Papa, que los actos en Cataluña se hagan en catalán. Aunque actos como estos, para mantener la distinción que merecen, deberían hacerse exclusivamente en latín. Si aceptamos el hábito que hace el monje, que sea de pies a cabeza. Los pies que se besan.

No tenemos suficiente con el Barça, la otra religión que también exige un despliegue mediático astronómico, que ahora toca la que se piensa que los miles de casos de pederastia y de encubrimiento de pederastas en todo el mundo se solucionan pidiendo perdón. El perdón sirve para sus paredes, pero no para los muros aconfesionales que deberían proteger a todo lo demás. Y aconfesional quiere decir libre de practicar cualquier religión. Para que los católicos hiperventilados puedan respirar. La fe, cualquiera, en casa. Y Dios, en todas partes, si es que lo buscas. Pero claro, esto solo es una opinión. Que supongo que algunos católicos me permitirán tener antes de crucificarme. Porque también han de entender que la visita del Papa no sea motivo de alegría ni de celebración para mucha gente. Y que se ponga de manifiesto la contradicción que representa en sí misma. Porque es evidente que Jesús de Nazaret no estaría contento con la representación jerárquica de hombres blancos que siempre ha conducido la Santa Sede. Ni siquiera que lo representen a él como un hombre rubio y blanquito. Que no acabó como se supone que acabó porque finalmente el dinero que cuesta todo esto se obtenga de los pobres. Y todo porque la visita sea un éxito y los catalanes quedemos bien con el Vaticano y sus cuentas corrientes. Que ni siquiera la demagogia vale igual para todos en este mundo más justo que predican.

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No hace falta ser atea para criticar este despliegue de medios. Conozco a muchos creyentes que tampoco lo ven con buenos ojos. Justamente porque creer en Dios, que naturalmente es respetable y, desde mi punto de vista, incluso envidiable, no tiene nada que ver con convertir la ciudad en un circo y que el gasto público se destine a una fanfarria alejadísima de la austeridad cristiana. Ahora que la religión vuelve a “estar de moda” es un buen momento para reflexionar. Pero, en lugar de eso, lo que hacemos es lo mismo que se ha hecho siempre. Convertirla en un instrumento de alienación y de poder, y construir una y otra vez aquel becerro de oro en que el jefe de la Iglesia católica se abona en contra de Moisés. Y no, en este caso no se puede decir: “Perdónalos, padre, porque no saben lo que hacen”. Lo saben y lo saben muy bien. Y las banderolas nos lo recuerdan.