La Cataluña real y la aspiración nacional

Hace unos días se inauguró la 53ª Feria de Abril de Cataluña, que organiza la FECAC (Federación de Entidades Culturales Andaluzas en Cataluña). Y a raíz de esta celebración, la politóloga catalana Arantxa Tirado fue objeto de una diatriba en la red por el hecho de haber dicho que allí había visto la “Cataluña real”. Ella misma hizo una aclaración sobre las interpretaciones de su comentario, y como no conozco el alcance del barullo dialéctico, no seguiré por este camino. Si lo cito solo es para hacer justicia al origen de la idea de escribir las líneas que siguen.

En cualquier caso, efectivamente, la Cataluña actual más que una nación homogénea cada vez se parece más a un caleidoscopio en el que a cada pequeño giro del cilindro óptico la figura que se observa vuelve a cambiar. Es una imagen que el cartel de este año de la Feria de Abril también transmite, convirtiendo un trencadís Gaudinian en una peineta andaluza, jugando con la idea de una explícita hibridación. Una hibridación limitada, claro está, que no parece lo suficientemente sólida para hacer que la web de la FECAC tenga versión catalana. Y dígase como un aviso –hay asuntos en este país en los que ni yendo con pies de plomo puedes evitar pisar minas–, tampoco me propongo entrar en el brumoso tema de la misma Feria. Ni en su historia llena de polvo, ni en quién participa –lamentablemente, en su web la lista de casetas todavía está “en construcción”– ni en cómo se financia.

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En cambio, sí me interesa la dialéctica entre lo que es “real” y lo que es “ideal”. O, si se quiere, entre lo que son las cosas y cómo nos gustaría que fueran. Porque es cierto que entre la gente que podemos encontrar en la Feria de Abril –insisto en la denominación oficial, sin traducir, que es como la llaman los organizadores– la hay de todo tipo. Y todavía nos quedaríamos cortos. Porque sí: la Cataluña real también es la del resto de la CUP y todo lo que llegará de Alianza Catalana.

Es la de los que bailan reggaeton y la de los que no se pierden ningún concierto del Cor de Cambra del Palau de la Música. Es la de los que les gustan las costilladas, la de los vegetarianos y la de los veganos. La de los animalistas y la de los que están hartos de ver tantos perros (sueltos) por la calle. Es la de piel clara o oscura, la de piel tatuada, y todavía la de piel fina y la de piel gruesa. He aquí el trencadís de la Cataluña “real”.

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Ahora bien, aferrarse a la diversidad de la realidad fáctica es de un gran reduccionismo, por no decir de un conservadurismo reaccionario en sus consecuencias. Y lo es porque las personas, y los pueblos, también tienen ideales, sueños, esperanzas, ambiciones. Y esta es una parte nada negligible de su realidad. Sobre todo porque es la que transforma –o esclerotiza– la realidad fáctica. Apelar a la diversidad, como es habitual en Cataluña, se ha convertido en una manera de paralizar los cambios políticos que romperían el actual statu quo. Es eso de reprimir los procesos de cambio, a los que aspiran determinados movimientos con la excusa de que hay que ser “el gobierno de todos”. Que sí, que si con el eslogan se quiere decir que se gobierna para todos, entendido, faltaría más. Pero si quiere decir que un gobierno en minoría, por el hecho de serlo, ya representa a todos, pues de ninguna manera. 

Un pueblo como el de Cataluña –ojalá pudiera decir de los Países Catalanes sin tener la impresión de forzar demasiado la “realidad” fáctica (quiere ser una ironía)– es, ciertamente, un conjunto abigarrado de individuos. Pero no conozco ninguna villa pequeña, ninguna ciudad mediana, ninguna capital de un país, ninguna nación del mundo medianamente orgullosa de serlo que, por mucho que sea resultado de un cruce de orígenes, renuncie a ser reconocida también como un colectivo con futuro y a querer liderar un horizonte común. No conozco ninguna nación digna de serlo que abdique de tener lo que el sociólogo Manuel Castells llamaría una “identidad de proyecto”.

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Lo veo tan claro, que la pregunta que realmente hay que hacerse es por qué esto a lo que todos aspiran, a ir más allá de lo que es “real”, no puede ser también propio de la nación catalana y de los catalanes. ¿Por qué se ha de negar la aspiración democráticamente legítima de querer ser una nación políticamente independiente con el argumento de que existe una “realidad” heterogénea entre la cual, sí, hay otros ideales de país, como el colectivo que se considera español o el del que no sabe ni de qué va todo esto. Para entendernos: si puede haber casetas independentistas en la Feria de Abril –esa Andalucía mistificada convertida en una feria de nostalgias–, tampoco haría ninguna molestia una Feria de Abril en una Cataluña independiente. ¿A quién le interesa, pues, hacer de la Cataluña “real” un obstáculo para un determinado ideal de bienestar y prosperidad común? Esa es la cuestión.