El cerebro del malabarista
Tengáis la edad que tengáis los que leéis este artículo, ya sabéis que la tecnología va más rápido que la capacidad humana de adaptación a una nueva percepción de la realidad. Nos hemos convertido en una especie de malabaristas desbordados o de equilibristas que transitan por un cable a una altura muy superior a la nuestra. No sé si siempre en la historia nos hemos visto superados por la tecnología; intuyo que sí, pero nunca con una aceleración tan grande, en tantos frentes a la vez y con un conocimiento compartido tan extenso de la metamorfosis en la que estamos inmersos como sociedad.
La manera de trabajar ha cambiado; la manera de vivir, de transportarnos, de curarnos y de alimentarnos también, pero sobre todo ha cambiado el conocimiento que tenemos de lo que nos está pasando colectivamente.
Una de las claves del desconcierto actual es el aluvión de inputs que somos capaces, o más bien incapaces, de procesar. Nos sumergimos en las redes sociales ávidos de impactos, de información o de evasión y acabamos anestesiados en un scroll infinito por donde se cuela nuestro tiempo. La cantidad de impactos que interrumpen nuestra atención continuamente obligan a nuestro cerebro a hacer malabarismos. La distracción tecnológica (correos electrónicos, múltiples mensajerías, redes sociales) hace que el cerebro tenga que alternar y reconfigurarse constantemente. Este estado sincopado de atención nos hace "más lentos para recuperar el foco, más erráticos, menos creativos y con menos memoria", según define Johann Hari en El valor de la atención (ed. Península).
En este escenario de aluvión de impactos, el acceso a la información se transforma y planea la sensación de inundación de malas noticias. Vivimos angustiados por todo aquello que podemos conocer –¡ya no hablamos de comprender!– o podemos hacer.
La ansiedad por hacerlo todo va acompañada de la fatiga informativa por el aluvión de impactos –no necesariamente de noticias que valgan la pena ser publicadas o estén verificadas como tales– y de una desagradable sensación de impotencia que afecta a nuestros derechos y deberes cívicos y, por tanto, la calidad democrática cuando decidimos aislarnos.
La desconexión de las noticias crece de manera sostenida. Según el Reuters Institute, en diez años el porcentaje de personas poco o nada interesadas en la actualidad ha pasado del 5% al 15%. También ha aumentado la proporción de ciudadanos que evitan las noticias a menudo o ocasionalmente: del 29% al 42% globalmente y del 26% al 37% en España. Esta fatiga informativa preocupa porque perjudica la salud democrática y debilita la relación de los ciudadanos con los medios, así como la densidad de la red de valores cívicos compartidos.
Ante este fenómeno, ¿qué podemos hacer? Básicamente, elegir. Reducir la saturación, jerarquizar mejor la información y confiar en aquellos que impulsen un periodismo constructivo o de soluciones que incorpore avances e historias humanas sin ocultar la complejidad de los problemas. También tener una presencia responsable en las plataformas y reforzar la educación mediática para que los jóvenes entiendan el valor de la mediación periodística frente a los algoritmos.
La ciudadanía tiene la sensación de que cada noticia es peor que la anterior, y no es por casualidad. La polarización política y el funcionamiento de las redes sociales agravan el problema: los algoritmos priorizan los contenidos que provocan reacciones viscerales y maximizan el tiempo de pantalla. Esto favorece la crispación y a la vez el cansancio y la impotencia.
Buena parte de la responsabilidad es de las grandes plataformas –Instagram, TikTok, X, Facebook o Google–, que no están diseñadas para informar, sino para retener al usuario y mostrarle publicidad. Los algoritmos aprenden sus preferencias y crean burbujas personalizadas que pueden aislarlo de la información y las noticias. La mejor manera de recuperar el control es buscar activamente la información, escoger medios fiables y establecer una rutina informativa propia.
El volumen también es parte del problema. Algunos medios han empezado a producir menos piezas y a concentrar los esfuerzos en contenidos más relevantes, explicativos y útiles. Los proyectos que dependen de los lectores tienden a valorar más el tiempo de lectura y la calidad de la relación con la audiencia que el volumen de clics.
Frente al cansancio, solo podemos recomendar una dieta comunicativa sana con medios independientes y rigurosos capaces de producir menos contenidos, más constructivos, más útiles y responsables socialmente. Y para hacerlos posibles, lectores que resisten mejor la desconexión informativa, gracias a niveles más elevados de educación, lectura y confianza en los medios. Ciudadanos que saben que la información vale dinero, y por tanto deben suscribirse a un medio con voluntad de servicio público.
Los chatbots no son hoy una solución. Son vampiros del trabajo de otros y vampiros borrachos en lo que respecta a la actualidad. Antes de acabar este artículo le he preguntado a uno qué ha pasado en Cataluña. Dice que en Lérida se han convocado elecciones municipales.