Chatbots: la intimidad sintética

Las tres de la madrugada, una adolescente no puede dejar de dar vueltas al comentario de un desconocido en las redes. Le gustaría pedirle consejo a su mejor amiga, pero no quiere despertarla. Coge el móvil y se pone a susurrar. Las once de la noche, otro adolescente está haciendo los deberes cuando una discusión del patio le vuelve, dando vueltas, a la cabeza. Tiembla, quiere escribir a su mejor amigo para pedir consejo, pero le da vergüenza. Y también coge el móvil y se pone a susurrar. Ambos optan por un confidente sintético que les atenderá a horas intempestivas y que no les juzgará. Un confidente que está diseñado para generar dependencia emocional. En dos décadas la economía digital ha hecho una evolución descomunal: empezó por los datos, hasta que con las plataformas de redes sociales descubrimos que la atención era el recurso escaso por el cual competir. Hoy, con la irrupción de los chatbots, lo que monetizan es nuestra necesidad de vincularnos. El apoyo emocional es uno de los tres usos más habituales de los chatbots, tanto para adolescentes como para la población adulta. Y la razón es que prometen disponibilidad, inmediatez y validación constante, generando una sensación de complicidad desde la intimidad sintética –de otro modo bautizada como attachment economy (economía del apego).

Ante esta realidad, uno de los temores emergentes es el potencial sustitutivo de estas interfaces conversacionales. Es decir, si acudimos a ellas porque sentimos soledad ¿acabaremos solitarios porque nos sea más fácil relacionarnos con programas que con personas?

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Un estudio reciente nos indica que estas interacciones ayudan a aliviar el malestar en el momento, pero que se trata de una mejora puntual. El experimento lo realizaron en Canadá con 300 estudiantes de universidad. Es relevante que fueran estudiantes de primer año, ya que los cambios de etapa vital pueden comportar soledad o requerir tiempo para construir vínculos en la nueva comunidad. Al alumnado lo dividieron en tres grupos y les pedían que participaran durante dos semanas. El primero era el grupo control, al cual hacían seguimiento: al final del día debían escribir su diario en la plataforma Discord, explicando cómo se sentían. El segundo era el que interactuaba con Sam, un chatbot basado en algunas técnicas psicológicas de apoyo. El tercer grupo hablaba con otro participante del experimento, asignado de forma aleatoria, es decir, no era un vínculo escogido ni necesariamente una amistad profunda. La curiosidad es que todos los grupos experimentaban una cierta reducción de la soledad, pero la interacción humana –aunque fuera con una persona desconocida cualquiera– era la que generaba mejores resultados.

La primera conclusión es que el grupo control también registraba niveles de soledad más bajos al final del período, a pesar de que no les habían aplicado ninguna intervención específica más allá de recibir cada día un mensaje recordando que llenaran el diario personal. La segunda derivada es que conversar con Sam durante dos semanas tenía unos efectos similares a los del grupo que solo escribía un diario personal. Tan solo verter las preocupaciones ya es una forma de vaciar pensamientos, ordenar emociones y explorarse. Ahora bien, este espacio de soledad y autoobservación es necesario pero no suficiente. Nos falta el otro. En definitiva, y por muy bien entrenado que esté Sam, no hay algoritmo que pueda sustituir el encuentro entre dos fragilidades realmente humanas.