Act. hace 8 min
Filósofo, pedagogo y ensayista
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En una de sus obras de teatro, Camus explica que San Demetrio tenía un día una cita en la estepa con Dios mismo. Puesto en camino, encontró a un campesino cuyo carro se había atascado hasta el eje en un barro espeso. No se lo pensó dos veces. Se remangó y le ayudó. Tuvo que esforzarse de valiente, pero, finalmente, consiguieron liberar el carro y San Demetrio corrió a su cita. Pero Dios ya no estaba allí.He pensado mucho en este “ya no estaba”. Mis amigos teólogos me dicen que Dios era el campesino, pero no me convencen. Mi experiencia me dice que a las citas con Dios siempre llego tarde, aunque por motivos mucho menos filantrópicos que los de San Demetrio. Pero no llego tan tarde que no pueda ver alguna huella de su evanescente presencia. Pensándolo bien, cuando el alcalde de Masnou me invitó a hacer una intervención en el espacio público, respondí escribiendo en un paso de cebra del pueblo que "El alma es la jaula donde flota el plumón del pájaro que acaba de escapar".El lugar donde más claramente siento el eco de la onda expansiva de su presencia es en el rostro de los buenos cristianos, que los hay, aunque no se preocupan mucho por el marketing. Se lo puedo asegurar: tratar de cerca con ellos es una de las grandes experiencias de la vida. Es posible dudar de la existencia de Dios. Está al alcance de cualquiera. La Biblia está llena de dubitativos y recelosos. Pero ante un buen cristiano es difícil no creer que la luz que ilumina su cara es vicaria de otra luz más grande. Han sido los buenos cristianos quienes me han hecho entender a mí, que soy un cristiano muy mediocre, el sentido de las palabras de Nietzsche en Más allá del bien y del mal: "A los homines religiosi se les podría incluir entre los artistas como su categoría suprema".Conocí a Viqui Molins hace un montón de años, en el stand de una librería el día de Sant Jordi. Me llamó la atención la cantidad de personas desvalidas, con heridas existenciales evidentes, que se acercaban a saludarla. Sabía sus nombres y apellidos, la historia de sus desesperanzas. Se interesaba por sus problemas con una normalidad acogedora y sincera. Le pregunté a qué se dedicaba exactamente. “Soy una monja teresiana”, me dijo. Ya lo sabía, pero había en ella algo más profundo que un carisma de etiqueta. Me explicó que cuidaba del mal ladrón. "Es fácil –me aclaró– cuidar del buen ladrón. Ha tropezado, le ayudas a levantarse y a partir de ese momento camina recto y agradecido; el mal ladrón, sin embargo, aprovecha que le estás ayudando a vomitar para robarte la cartera". Y en aquel momento vi la luz de su cara.

Viqui Molins, en una entrevista en el plató de l'ARA.

Después he conocido a otros buenos cristianos y he comprendido que, si alrededor del héroe todo se vuelve tragedia, alrededor del buen cristiano todo se vuelve mundo, porque lo que llamamos mundo es el regalo que nos hacen nuestros dioses en retorno de la fe que depositamos en sus altares.Para explicarme me remito a La facultad de las cosas inútiles, un libro que Yuri Dombrovski escribió entre sus idas y venidas por los "balnearios de Stalin", como bautizó al GULAG: –¿Cómo es que Cristo perdonó a todos? –Cristo podía perdonar y absolver –contesta el padre Andrei–. Por eso lo llamamos redentor. Es Dios, después de todo. ¿Por qué tuvo que morir, sufrir? ¿Hemos pensado en ello? […]. La moralidad de esta fábula es sencilla: ni siquiera Dios osó, escuche bien, perdonar a los hombres desde el cielo. Porque el valor de un perdón como este sería nulo. No, desciende de tu Sinaí, ponte en la piel de un hombre, vive y trabaja 33 años como carpintero en una ciudad pequeña y sucia, soporta todo lo que un hombre puede soportar de otros hombres, y cuando… te azoten con látigos, te arrastren con una cuerda y te crucifiquen desnudo, pregúntate desde lo alto de este maldito árbol: ¿amas a los hombres como antes o no? Y si dices: "Sí, los amo como antes. ¡Tal como son! De todos modos los amo", entonces, ¡perdona! Pues tu perdón tendrá una fuerza tan terrible que cualquiera que crea que puede ser perdonado por ti será perdonado. Porque no es Dios en el cielo quien perdonó el pecado, sino un esclavo crucificado. ¡Eso es lo que significa la fábula de la redención! Si espero al Papa es porque es el continuador de Pedro, aquel hombre imperfecto, terco y cobarde, tan parecido a mí. Jesús podía haber elegido otra piedra sobre la cual edificar su Iglesia. Seguro que había refinados teólogos entre los esenios, pero elige a Pedro, el incoherente. Ahora bien, como nos advirtió Nietzsche, "quien no quiere ver el aspecto elevado de un hombre fija su vista de una manera más penetrante en aquello que en él es bajo y superficial –y con esto se delata".

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