De los chistes a los 'reeles'
En el tren mi vecino de enfrente mira reeles. Hay categorías, como en el Philogelos, el libro de chistes en griego. Por ejemplo, los que diferencian en la forma de saltar una valla si eres nacido en los ochenta, noventa, dos mil o dos mil veinticinco. En general, esta broma ridiculiza a la sociedad actual de gente de azúcar y algodón, frente a los antepasados, rudos y despreocupados. Una mujer, a mi lado, también mira reeles, de la categoría padres y madres de adolescentes. Se burla del desorden de los jóvenes. Hay uno —lo he visto muchas veces— de unos padres que van a casa de sus hijos recién independizados. Entonces hacen todo lo que ellos se supone que hacían. Se ponen en el sofá a comer palomitas y las tiran, expresamente no se secan las manos y dejan gotas, abren la nevera y se llevan toda comida...
Los reeles de hoy son los chistes de ayer. Se han dejado de contar chistes, salvo si, por alguna efeméride, recordemos a Eugenio, que entonces explicamos —todo el mundo lo recuerda— lo que nos hacía más gracia. En las cenas, siempre se acababa contando chistes. Y estaba lo que se acordaba de todos. Y entonces, uno te hacía pensar en otro, y quizás lo contabas, pero sin la gracia de lo que se acordaba de todos. Con mis hermanos subíamos al coche (un Citroen 2 caballos) y poníamos un casete de Eugenio. Yo me había comprado el Diccionario según Tip, me parece que se debió de decir algo así, el de Tip y Coll. Cuando salía Ramón por la radio detuvimos lo que hiciéramos para escucharle.
La única función del humor es compartirlo. Por eso la gente, como es normal, se envía reeles. Mi hija me envía de madres e hijas y yo le envío de madres e hijas que quieren gastar mucho y juegan a ser ricas. Mis amigas me envían de tics de madres (a medias somos nosotros, a medias nuestras madres). Sin embargo, los chistes estaban alrededor de una mesa o de un fuego de campo. Necesitaban una risa social.