Churchill contra Trump

Pese a una vida manchada de episodios militares y políticos coloniales crueles, además del ignominioso apoyo indirecto a Franco durante y después de la Guerra Civil Española, hoy un político como Winston Churchill tendría muchos puntos para erigirse en el europeo de orden capaz de frenar la verborrea histriónica, caótica y óptica. Fue un defensor acérrimo de la democracia liberal, un luchador tenaz y una bestia política que sabía elegir con habilidad a sus enemigos. Sería el líder que no tenemos ante la imperiosa necesidad de salvar a Europa de la humillante pinza autoritaria Trump-Putin, la Europa refugio de una libertad esencial.

Después de haber derrotado a Hitler en la Segunda Guerra Mundial, un lúcido Churchill se volvió cada vez más fatalista ante lo que consideraba una inevitable subordinación británica y europea al poder global estadounidense y soviético. Esa subordinación dio lugar a la era nuclear de la Guerra Fría (que Churchill combatió sin éxito) ya la OTAN controlada por EEUU. Venimos de allí.

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Caída la URSS, el orden global multilateral ha propiciado el fortalecimiento de una China de partido único y capitalismo de estado. China es el enemigo previsible, el gran competidor comercial, el contramodelo a la democracia liberal. Trump es el disruptivo e imprevisible enemigo interno, por eso más inmediatamente letal. Es un virus destructor de la democracia liberal que ha convertido al liderazgo occidental estadounidense en una amenaza para los valores que supuestamente debería preservar. De modo que el Trump obsesionado con China es un peligro para Europa y para la libertad.

Como Trump, Churchill también era impulsivo, un suntuoso guerrero de la palabra. Pero, a diferencia del presidente estadounidense, era un lector y escritor brillante (como bromeaba un amigo suyo, pasaba mucho tiempo preparando "discursos improvisados"; y en 1953 recibió el Nobel de literatura por sus memorias), y sobre todo tenía una calidad humana fundamental que le vacunaba contra los aires de grandeza y contra la tentación: Como destaca Simon Schama en el epílogo de la monumental biografía que Roy Jenkins dedicó al político inglés, tenía la capacidad de burlarse de sí mismo. Ni Trump ni Putin saben mirarse al ombligo y reírse de sus excesos ridículos. Por eso dan tanto miedo.

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Obsedido con el poder, cabezota e irascible, favorable a las soluciones agresivas y radicales, conservador en el mejor y en el peor sentido, Churchill tendría ciertamente el perfil para frenar la grosería agresiva ultranacionalista y tecnopopulista del ultrarico Trump. Con su astuto instinto dialéctico, opondría abiertamente y sin tapujos la libertad europea a la tiranía trumpista. Democracia contra autoritarismo. No se dejaría intimidar. Lo haría con determinación y elegancia, creando y catalizando un imprescindible nuevo orgullo europeo.

¿Existe alguien hoy con una mirada y una personalidad equiparables? Necesitamos urgentemente un líder de ese calibre, de esa humanidad beligerante, con una claridad moral básica. Alguien de orden que, como Churchill, acabe respetando y haciéndose amigo de quienes luchan por su libertad por mucho que ideológicamente disienta, como hizo con el irlandés del IRA Michael Collins.

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Tras el episodio de Groenlandia –de momento dormido: no podemos descartar que Trump le rescate–, Europa ha empezado a reaccionar. Pero no hay voz suficientemente prestigiosa, ningún liderazgo humanamente poderoso. Nos faltan muchas cosas –en el terreno de la gobernanza, la defensa, la unidad fiscal, la ruptura de barreras comerciales internas, la asunción de verdad de los valores propios, etc.–, pero también una personalidad fuerte. Un (o una) Churchill que gane la guerra política en Trump y la guerra real en Putin. Pedro Sánchez es un quiero y no puedo: se reivindica, pero no quieren... Macron está quemado. ¿No hay nadie que se parezca al liberal y ex banquero primer ministro canadiense Mark Carney? ¿Alguna idea? ¿Merz tiene suficiente carácter?