La guerra con Irán iniciada por EEUU e Israel no tiene sólo un coste en vidas, que ya es un elemento importante a tener en cuenta. Este conflicto, que se extiende por todo Oriente Medio y que llega a territorio de la Unión Europea (UE) –como es el caso de Chipre– y de la OTAN –como es el caso de Turquía–, tiene muchas derivadas. Y muchas, si no todas, son negativas. Los efectos para la economía global son evidentes. Aunque el mundo desarrollado depende menos del crudo que en choques de oferta anteriores, la escalada de la cotización del barril, que en una semana ha acumulado una subida del entorno del 30%, duele porque se traslada –ya ha empezado a hacerlo– a los precios de los carburantes. También el gas se está encareciendo y, por tanto, también el precio de la electricidad.
Todo ello impacta en la inflación, es decir, en el incremento del nivel general de los precios, que se estaba moderando y permitía tener unos tipos de interés bajos. Si fuera un conflicto de corta duración, los efectos podrían acabar diluyéndose de forma relativamente rápida. Pero el problema es que la crisis no da el aspecto de durar poco. Y ese es el miedo que ha provocado nerviosismo en los mercados. La incertidumbre es el peor de los enemigos. Sin participar directamente en la guerra, los países del golfo Pérsico, aliados de EEUU, ven que la decisión del presidente Donald Trump y del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu les está penalizando. Y ya están paralizando la producción de crudo. Cuanto más tiempo dure la situación, más costará volver al ciclo normal de abastecimiento al resto del mundo.
Pero el inicio de una guerra de estas características tampoco tiene un efecto inocuo en EE.UU. A pesar de ser exportadores de crudo gracias al fracking, EEUU no sólo se verá afectado por el encarecimiento del barril y, en consecuencia, de los carburantes, una materia delicada para los ciudadanos y que Trump utilizó para ganar las elecciones, sino que cuanto más largo sea el conflicto más afectadas se verán las finanzas del país. Según los análisis del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés), Estados Unidos se habría gastado un mínimo de 3.700 millones de dólares en las primeras 100 horas de la guerra. Esto supone cerca de 900 millones al día (casi 800 millones de euros). Y son cantidades en gran parte no incluidas en las cuentas aprobadas por el Congreso, a diferencia de los 31 millones diarios que costó detener a Nicolás Maduro en Venezuela, que sí estaban presupuestados.
Si no se logra frenar el conflicto en un periodo relativamente corto de tiempo el daño no será sólo para la economía global sino también para la de EEUU, un país que en el 2024 eligió a un nuevo presidente, Donald Trump, que prometió centrarse en la política interna, pero que está haciendo todo lo contrario. Los datos económicos estadounidenses hace tiempo que no son demasiado positivos: el déficit comercial no baja pese a los aranceles –tumbados por el Tribunal Supremo del país–, y en febrero se destruyeron 92.000 empleos en lugar de crearse 50.000, tal y como preveían los analistas. Si la guerra dura demasiado pueden resentirse las finanzas del país y pueden escalar los tipos de interés de la deuda. Y el conflicto, además de empeorar la economía global, habrá provocado un efecto boomerang.