El presidente turco, Erdogan
20/05/2026
Politóloga
4 min

Convertir la religión en un actor político, eliminando incluso físicamente a las fuerzas progresistas y laicas, ha estado históricamente al servicio del militarismo imperialista. En 1978, la administración Carter, con su asesor de seguridad, el polaco Zbigniew Brzezinski, empezó a patrocinar a la extrema derecha anticomunista de diferentes religiones. Financiaron a los yihadistas sunnitas para desmantelar al gobierno socialista de Afganistán, y al yihadismo chiita del ayatolá Jomeini para abortar la revolución democrática iraní. Y, el mismo año, mientras financiaban al seudo sindicato obrero de Lech Walesa en la República Popular de Polonia, también instalaban en el Vaticano, centro del poder blando del capitalismo mundial, a Juan Pablo II, un polaco anticomunista y contrario a la Teología de la Liberación. Todas ellas eran maniobras relacionadas con países que, por “casualidad”, eran vecinos de la Unión Soviética.

Actualmente tenemos un ejemplo de esta estrategia en la promoción, por parte del Pentágono, de una "OTAN islámica" (llamémosla "OTIS"), alianza militar de la que se habla estos días en los medios de Oriente Próximo. El núcleo duro de la OTIS la formarían Egipto, Arabia Saudí y Turquía, grupo al que se unirían Indonesia, Pakistán y los países árabes del Golfo Pérsico, y sería más amplia que aquella idea de una OTAN árabe que surgió hace años en el marco de la lucha contra el terrorismo. La OTIS luchará contra Irán y su área de operaciones incluirá el golfo Pérsico, el mar Rojo y el mar Mediterráneo. Pero ¿cuáles son las verdaderas razones de esta alianza militar-religiosa?

Para empezar, EEUU la promueve para garantizar su dominio y el del capitalismo en general sobre Oriente Próximo, en un momento en el que China expande su influencia sin disparar una sola bala mediante el poder blando del comercio, en parte gracias a la Nueva Ruta de la Seda. Además, esta alianza aceleraría la construcción de oleoductos para llevar el petróleo de Oriente Próximo al Mediterráneo, haciendo que Europa pudiese prescindir de los hidrocarburos rusos; y es que EEUU es consciente de que, al producir sobre todo petróleo de esquisto, su condición de exportador neto no es para siempre. La OTIS también permitiría reducir la presencia militar estadounidense en la región: la retirada reciente de parte de las tropas del Pentágono de Siria e Irak y de varios sistemas de misiles y defensa de Jordania, Kuwait y Baréin estaría en esta lógica.

Además, con la creación de esta alianza, EEUU podría aumentar la venta de armamento y de servicios de inteligencia: en el negocio de la guerra contra Irán, el Pentágono ha firmado ya la venta de armas a Israel, Qatar, Kuwait y EAU por unos 8.600 millones de dólares. La OTIS también recogería a unos países árabes debilitados y más divididos que nunca bajo un paraguas (Arabia Saudí y EAU se han estado enfrentando en Yemen, Libia y Siria) y les haría recuperar una imagen de fortaleza ante los inversores que les han visto tan vulnerables ante los ataques de Irán. Por otra parte, y ante la negativa de los socios de la OTAN a colaborar en los ataques contra Irán, con la OTIS Washington crearía una mini-OTAN que no se atrevería a plantarle cara. Y también obligaría a una serie de países islámicos a abandonar la estrategia de pasividad y observación ante el régimen de los ayatolás, que, atacándoles con decenas de misiles, en realidad ha hecho el trabajo sucio de Israel en su lucha encubierta contra los pueblos árabes.

La OTIS también vendría a reemplazar los Acuerdos de Abraham, que proponían la normalización de las relaciones con Israel, impresentable ante las opiniones públicas árabes por tener las manos bañadas en sangre palestina. Y complementaría otro pacto militar reciente en la región: la alianza trilateral entre Israel, Grecia y Chipre. Finalmente, con la alianza militar islámica, los EEUU también podrían frenar las ambiciones descontroladas de Israel de dividir Oriente Próximo. Porque, a pesar de la relación privilegiada que une a ambos países, las administraciones norteamericanas quieren evitar que Israel se convierta en un dominador incontestable de la región que pueda restarles margen de maniobra, y una "OTAN islámica" sería en este sentido un mecanismo de equilibrio.

Sin embargo, el proyecto de la OTIS también afronta dificultades. Para empezar, es muy dudoso que los miembros de esta alianza en ciernes dén prioridad a los intereses de EEUU cuando choquen con los de sus élites gobernantes. Además, los ejércitos de sus países miembros han sido entrenados para defender a los jefes de sus estados, no a sus países, y menos al prójimo. Por otra parte, la religión no sería vínculo suficiente para mantener la alianza unida y el conjunto de ejércitos se desharía al chocar contra el mundo moderno. Es probable, por añadidura, que las peleas entre Arabia Saudita, Turquía y Egipto por el liderazgo del grupo lo desintegren antes de que eche a andar: la Liga Árabe ya fracasó en el objetivo de conseguir un ejército conjunto. Recordemos que países como Qatar o Kuwait consideran a Israel como la principal amenaza a su seguridad, mientras que EAU, Arabia o Egipto señalan a Irán. Hablamos de una zona donde la falta de seriedad de sus gobernantes arrastra a sus países a pactos acordados y no cumplidos; al fin y al cabo, iban a crear no una alianza, sino una “República Árabe Unida", unificando a tres estados y liderada por Gamal Abdel Nasser, que ya sabemos cómo acabó. Es obvio, además, que Israel hará todo lo posible para abortar una alianza como esta y, si no lo consigue, conspirará para que desaparezca nada más nacer.

Sin embargo, cada vez se habla más del proyecto. ¿No se dan cuenta los líderes de la OTIS que esta iniciativa profundizará la división chiíta-sunnita, no solo en la región, sino incluso en el seno de sus propios estados, minando su estabilidad? Y al mismo tiempo, ¿cómo pretenden enfrentarse a Irán? ¿Provocando el caos en un país de 90 millones de habitantes? ¿Han pensado en la crisis de refugiados resultante?

La situación en Oriente Próximo es extremadamente compleja, con múltiples conflictos enquistados, manejados por hombres de extrema derecha cristiana, judía e islámica. ¿Para qué creamos en su día a la ONU?

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