Coger agua con las manos
Era lo que esperaba escuchar. La profesora de alemán, en la Escuela Oficial de Idiomas, nos pidió que opináramos sobre la voluntad de Sánchez de restringir el acceso a las redes a los menores de dieciséis años. Los debates que se proponen en las clases de idiomas son siempre igual de aburridos: cambio climático, inteligencia artificial, nuevas tecnologías... Exhalo. Entonces alguien dijo que era fortísimo que los niños crecieran con acceso directo a pornografía, grabándose ejecutando bailes lascivos en TikTok, pegados a la pantalla y haciéndose bullying telemático. Y otro respondió que en su época ("¡a mi época!") todo esto ya ocurría en otras formas. Era lo que esperaba escuchar, sí, pero expresado en el alemán que sabemos hablar en esa aula.
Entonces pensé en lo que dijo hace unos días Marc Sarrats, que es lo que intenté argumentar en mi último artículo, pero él con más Salero: que quizás lo que debería hacerse es prohibir el acceso a las redes (ya los teléfonos, a ChatGPT, a internet...) a los mayores de sesenta años. Decía que a la juventud ya les pasará, eso de vivir con desazón, pero que a los mayores, en cambio, no. Exclamaba: "Dejamos de decir que los veinte años y la adolescencia son increíbles. Ser joven es una puta mierda". Muy esmerado. Más allá del momento terrible que es la pubertad, algo cierto, afirmar que deberíamos prohibir los teléfonos a los mayores es una manera de decir que, en un mundo ideal, las herramientas estarían en manos de la gente que sabe hacer uso de ella. Tópico, lo sé: es la dosis que hace el veneno. Tópico total: ¡las tecnologías son buenas si uno las sabe utilizar! Es difícil que un niño de catorce años conozca la cara oscura del teléfono, y quizás hay que hacer algo de eso, pero resulta que yo tengo veintiocho y hay días que me queman los ojos de tanto mirar la pantalla, y semanas que el iPhone me recuerda que he pasado tres horas diarias haciendo scroll. Imagina, pues, como decía el Sarrats, las fake news que tragan a los mayores cuando te enseñan un vídeo "de un venado entrando en un lavabo mientras un tío está cagando" y creen que es auténtico y no una creación de la IA.
No quiero decir que los adultos deberían ser ejemplares, porque no creo que tus padres tengan que pasar el día leyendo para que tú cojas un libro: basta con un poco de sensibilidad y saber transmitir una mirada curiosa hacia el mundo. Y después los hijos salen como buenamente pueden, sin embargo. Ver a tu padre esnifante pantalla puede ser una manera de querer huir, como aquellos hijos de fumadores empedernidos que no quieren saber nada del tabaco. Quiero alejarme, también, de quienes plantean el debate en términos de si el estado debería intervenir o no en el núcleo familiar, como si no estuviéramos intervenidos siempre por monstruos peores o como si la familia fuera un reducto donde cada uno hace lo que quiere: muy probablemente, los padres que defienden esto educan a hijos de extra. Entonces, ¿cómo podemos hablar de los teléfonos y adolescentes sin caer en lugares comunes?
Si volvemos a lo del mundo ideal en el que las herramientas están en manos de quien sabe utilizarlas, entonces uno se pregunta quién establece el criterio que define a las personas que saben y las que no. Quien decide qué es el sentido común y quien pone talla en el sendero. Porque el padre que protege a su hijo del estado cree que sabe; y también cree que sabe aquél que se informa a base de tuits trillados y mediocres; y todavía cree que sabe más lo que aísla al niño de la pantalla hasta los dieciocho años, fabulando un mundo que no existe; y cree que sabe la profesora de alemán, y el alumno que habla de pornografía y TikTok, y la otra alumna que recuerda su época con nostalgia. Y creo que yo sé también. Pero supongo que si hay una verdad en todo esto (perdonad, de nuevo, el tópico) es que la tecnología va más deprisa que nosotros. Y que, hagamos lo que hagamos, parezcamos inútiles tratando de coger agua con las manos. Además, cuando hablamos de redes, teléfonos y adolescentes públicamente, ocurre lo mismo que con cuestiones como el cambio climático o la violencia machista: tristemente, en un debate político polarizado y colérico, se ha convertido en un tema más de batalla entre partidos, en vez de declinarse como un problema social. Y mientras tanto, insisto, el agua se cuela entre las manos.