Contra la condescendencia autoritaria
Una de las características morales de los tiempos políticos y sociales que vivimos en Cataluña, y quizás en todo el mundo, es la del triunfo de la condescendencia. Es el arma que explica la actual y eficaz desmovilización del independentismo, así como puede dar cuenta de la falta de reacción ante las formas más graves de explotación social y económica. La estrategia de la condescendencia, bien descrita por el sociólogo Pierre Bourdieu, consiste en el hecho de que quien tiene el poder renuncia de manera simbólica y pasajera a su posición dominante, simulando una fugaz proximidad en la relación que tiene con el sujeto dominado. Con este gesto breve, el poderoso consigue que el subordinado reconozca de manera dócil y agradecida su posición subalterna. Y es que solo quien ostenta el poder puede ser condescendiente —para entendernos, es quien te puede perdonar la vida— y, en un caso de manual de negación simbólica del lugar que ocupa(Jean Baudrillard), consigue, paradójicamente, que le sea reconocida la fuerza. ¿Quién no recuerda la eficacia simbólica del caso de aquel rey campechano para hacerse admirar?
Esta es una estrategia política recurrente que tiene la virtud, a la vez, de reafirmar una posición de dominio y de evitar, o incluso de diluir, la confrontación directa. Uno de los casos más brillantes que recuerdo es el de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992. Ante el riesgo de una expresión de protesta antimonárquica, con mucha astucia, se decidió hacer sonar el himno de Els segadors justo a la entrada del rey en el estadio, como música de fondo —sin ninguna solemnidad, pero— y después hacer que el monarca usara el catalán en las primeras palabras de saludo. Solo la Marcha Real fue escuchada como verdadero himno nacional —español—. Aquel gesto de condescendencia inicial consiguió hacer enmudecer la protesta prevista.
Ahora vivimos tiempos similares. Los discursos políticos de quienes nos gobiernan aquí y allá van llenos de palabras que simulan una posición de igualdad en su relación. De la vieja, escéptica y resignada "conllevancia" de Ortega y Gasset se ha pasado a la nueva retórica del "reencuentro", la "reconciliación", la "normalización" y, aún, de la "lealtad" y la "colaboración institucional". Es decir, se usa un lenguaje condescendiente que enmascara la desigualdad objetiva de una relación de dependencia estructural. Se usan unas palabras que niegan simbólicamente la realidad de dependencia para, en definitiva y de manera casi invisible, hacer que el abuso —fiscal, lingüístico, cultural— se acate con docilidad.
Sin embargo, la estrategia de la condescendencia no está presente solo en el plano de la dominación y la sumisión política, sino que se recurre a ella también en muchas de las situaciones en las que hay conflicto social, ya sea para relativizarlo o directamente para ahogarlo. Ahora mismo es habitual encontrar grandes dosis de condescendencia en el lenguaje que se emplea para hablar de la inmigración y la seguridad pública, de los comportamientos violentos de determinados grupos sociales; en general, se habla con condescendencia de todos los colectivos que se consideran “vulnerables” o en riesgo de serlo. Se trata de mentiras piadosas que no digo que a veces no estén llenas de buena fe, pero que lo que se proponen es apagar el conflicto.
La condescendencia funciona porque oculta dos características propias de toda relación de dominación. En primer lugar, quien tiene la gracia de condescender se sitúa en una posición de superioridad moral. Es decir, marca una relación en la que mira por encima del hombro al súbdito, y lo trata con una clemencia que se apoya en esa supremacía moral, cultural o intelectual. La otra característica de la condescendencia es su autoritarismo. Un autoritarismo que enmascara —con buena intención o perversamente— la relación objetiva de dominio desigual. La condescendencia, a mi parecer, es una de las formas más indignas y deshonestas de autoritarismo, porque se ejerce con disimulo y con el objetivo de que el dominado no tenga conciencia de ello. Un autoritarismo enmascarado que está presente en ciertos tipos de devoción religiosa, en los intercambios lingüísticos diglósicos, en muchas dinámicas de relación laboral o en el establecimiento de vínculos docentes de falsa compañerismo, entre otros. Y también, claro está, en determinados vínculos entre padres e hijos, en los que los primeros, más que ser padres, quieren condicionar a los hijos sin dar la cara y haciendo parecer que son sus amigos.
Desenmascarar las formas de condescendencia en las que el poder nos quiere atrapados es necesario en cualquier proceso de emancipación personal o colectivo. Y, obviamente, es el primer paso a dar en todo proceso de liberación nacional.