La convivencia
Cuando oigo que el presidente Illa celebra la aplicación de la ley de amnistía (la que él no quería que existiera, la que rechazaba incluso como hipótesis) porque según él es un “triunfo de la convivencia”, en verdad se refiere al triunfo de la unidad de España. Hay un tipo de convivencia (lo sabemos perfectamente en este país) que desde hace siglos consiste en desatender las demandas catalanas: si el reconocimiento de los derechos nacionales de los catalanes queda aparcado, rechazado, o incluso humillado o castigado como pretensión, la convivencia es perfecta. Si no, no. Una convivencia sana normalmente nace de un pacto, que es aquello que parecía que era el sistema del 78: un punto de encuentro donde todo el mundo perdía y ganaba a la vez, porque precisamente era el pacto aquello que fundamentaba la idea. Pasados 50 años, queda meridianamente claro que los pactos están rotos y que la “convivencia”, tanto la de antes de 2017 como la de ahora, se basa en salvar por todos los medios un modelo único e irrompible. Ya no es un pacto, sino la coerción y el paseo militar, la paz de los cementerios, los “25 años de paz”. Se confirma la imposición de un régimen que no permite salida, modificación ni matiz. La prueba evidente es que, a pesar de que se esté aplicando (por fin) la amnistía, los catalanes no tenemos ni siquiera reconocido el texto del Estatuto que votamos.
Al independentismo se le culpó de romper, precisamente, la convivencia. Incluso se le acusó de “despertar a la fiera” española, de crear categorías de catalanes y de dividir a la sociedad. La pregunta es si lo que divide realmente a la sociedad es votar su futuro (y respetar democráticamente el resultado de este voto), o bien si lo que realmente la divide es condenarla a vivir bajo un ordenamiento no votado. Si lo que rompe la convivencia no es, precisamente, activar a jueces y policías para perseguir a votantes en lugar de ofrecer una propuesta de reconocimiento mutuo. Un verdadero pacto, una actualización del problema y de su solución, una vez admitida (en papel oficial) la existencia del conflicto. Hay que tener muy pocos escrúpulos para afirmar que la víctima “ha despertado a la fiera”, después de la nula solidaridad mostrada por la supuesta progresía española. O para acusar al independentismo de todos los males, cuando al catalanismo no se le ha dado ni una sola salida negociada. Solo un trágala constante que primero tuvo forma de desprecio a las propuestas catalanas y, finalmente, tomó forma de prisión, exilio, persecución y venganza. Algo que Salvador Illa seguro que puede ver perfectamente.
Es siempre más deseable la paz que el conflicto, claro está, pero la paz debe basarse en un sistema de convivencia mínimamente acordado. Muchos nos consideramos personas de orden, pero sabemos que hay determinado orden que pasa demasiado por encima de los derechos básicos individuales y colectivos (si el objetivo solo es el orden, las leyes alemanas o españolas de los años 40 también eran muy ordenadas). Ya no es que “el Gobierno de todos” menosprecie las reclamaciones de la mitad de la población del país —independentista—, es que ya hace décadas y décadas que esta mitad tiene que vivir en un sistema que no la reconoce. Si tanto hablan de una España plurinacional, donde quepa todo el mundo, deben decidir qué hacer con los ciudadanos de este estado que no somos españoles. No con los que no nos sentimos, no: con los que no lo somos. Si nos quieren dentro, hablemos de ello; si no, que nos dejen como mínimo votar la separación. Lo que no vale es apelar a la “pluralidad de la sociedad catalana” a cambio de imponer una única manera de existir. Sin posibilidad de evolución, tanto en lo que respecta al derecho a la autodeterminación como al simple voto de un nuevo Estatuto. No, eso tampoco. El respeto a la pluralidad social catalana, simplemente, consiste en adaptarse a lo que hay: si no, no es lo suficientemente plural. De hecho, es precisamente el orden actual aquello que determina unos catalanes de primera y unos de segunda. Los primeros, los que no quieren cambiarlo, no tienen que sufrir por nada. Los segundos serán siempre sospechosos de rebeldes, de sediciosos o de subversivos. Cuando en verdad no hay nada más sano y ordenado, diría, que resolver los conflictos votando. Estamos hartos de tener que renunciar a nuestros derechos básicos simplemente porque aquel compañero con quien tenemos que convivir, pobrecito, no puede soportar replantear sus privilegios. Eso le violenta. No despertéis a la fiera, por favor. Jodéos durante trescientos años más. Hacedlo, por favor, por la convivencia.