Crisis energética: lo que nos espera
El jueves el ARA abría en portada: “La expectativa de un final rápido de la guerra anima los mercados”. Efectivamente, el miércoles el Ibex-35 había subido un 3,16% porque se había extendido la convicción de que la guerra acabaría pronto. Sin embargo, el mismo jueves el índice perdía parte de las ganancias del día anterior. Es tanto como decir que las bolsas –o sea, los financieros– no tienen las ideas claras sobre cómo impactará la guerra sobre la economía. Desde la caída de la primera bomba, el Ibex-35, igual que el Dow Jones norteamericano, solo ha caído un 5%. Para que nos hagamos una idea de lo que hace la bolsa cuando empieza una crisis de verdad, a finales de 2007, y en pocas semanas, el Ibex-35 cayó un 33%, y no empezó a recuperarse hasta siete años después. En contraste con el desconcierto de los financieros, los ingenieros muestran un sólido pesimismo. La Agencia Internacional de la Energía ha publicado un decálogo de medidas que sugiere que adopten los gobiernos para ahorrar energía, y el comisario de la Unión Europea ha enviado una carta a los gobiernos sugiriendo, entre otras cosas, racionar la gasolina, fomentar el teletrabajo e incluso prohibir la circulación de vehículos privados los domingos (una medida en vigor durante la crisis energética de los años 70). El fundamento de esta visión es que las infraestructuras energéticas del golfo Pérsico han sido tan dañadas que, aunque la guerra acabara hoy, el suministro no podría recuperar la normalidad hasta dentro de unos cuantos meses.En este contexto, es interesante comparar la respuesta del gobierno español a la del chino. El primero ha reaccionado bajando el IVA que grava a los combustibles, que ha pasado del 21% al 10%. Esto ha hecho que, a pesar de que el precio de la gasolina ha subido un 15%, el consumidor solo percibe un aumento del 4%. En cambio, el gobierno chino subió los precios un 13% el pasado día 23. El primero, implícitamente optimista, trata de ganar tiempo, mientras que el segundo –prudente– prepara a su población para lo peor, y prefiere que comience a ahorrar combustible desde el primer momento.
Y es que para entender la crisis energética es importante no caer en el mismo error que tendemos a cometer cuando consideramos la crisis de la vivienda: el problema no son los precios, sino la escasez. Si la vivienda es cara es porque la población en las ciudades está creciendo más deprisa que la construcción de viviendas, no porque los especuladores se estén poniendo las botas (aunque lo estén haciendo). Ahora, el problema al que nos enfrentamos es que al menos durante unos meses –quizás años– la producción de petróleo, de gas y de fertilizantes nitrogenados (estos últimos, derivados del gas natural) estará por debajo de la normalidad. Tendremos que dejar de hacer algunas cosas, y es importante decidir cuáles. Los precios son solo una manera de tomar la decisión: se dejan de hacer las cosas que querrían hacer los que no pueden pagar. Podríamos dejar que el mercado lo resolviera si no fuera porque una tercera parte de la energía la dedicamos a la producción, la transformación, el transporte y la preparación de alimentos, y la crisis amenaza con generar una ola de hambre en los países más sensibles. Otra tercera parte la dedicamos a la producción de materiales –acero, cemento, plásticos, aluminio…– que necesitamos para construir viviendas y para que la industria se mantenga en pie. No parece una buena idea pararla, a pesar de que no podemos ignorar que, si la crisis se prolonga, nuestros planes de construir vivienda a precio asequible peligran por la escalada de los costes de construcción.El candidato natural donde recortar son los desplazamientos de placer, pero esto impactaría directamente sobre la industria del turismo, de la cual somos tan dependientes. De hecho, una fuente europea de aviación ya ha declarado que, “si las cosas siguen así, este verano tendremos un problema, y cancelar vuelos será la única solución”. Y, en esta línea, el presidente de Ryanair ya ha declarado que las cancelaciones de vuelos por falta de combustible son una posibilidad a partir de junio. Así pues, el impacto sobre nuestras vidas dependerá mucho de la duración y de la intensidad del conflicto, aspectos sobre los cuales resulta imposible hacer predicciones con un mínimo de solvencia. Lo que sí que sabemos es que, en estos momentos, los síntomas apuntan a una escalada, incluyendo la intervención directa del ejército americano en territorio iraní, lo cual hace prever el aumento de los daños sobre las infraestructuras energéticas. El optimismo no parece justificado y, si las cosas empeoran, habrá que que los gobiernos tomen medidas para racionar la energía, y habrá que que la población lo entienda. El precedente de la pandemia, este sí, invita a la serenidad.