La crisis del útero
El día 28 de mayo es el Día Mundial de la Salud de las Mujeres. Este año, la Sociedad Catalana de Salud con Perspectiva de Sexo y Género, de la Academia de Ciencias Médicas y de la Salud de Cataluña y Baleares, ha hecho coincidir su jornada anual: Miradas que curan. Mientras me dirijo allí, me estremece una cifra que leí el otro día: en Estados Unidos, en 2024, las mujeres negras tuvieron más del triple de probabilidades de morir durante el parto que las blancas. La crisis de mortalidad materna afroamericana cuesta de digerir, sí, pero la médica Kemi Doll, oncóloga ginecológica y científica de la equidad, nos propone una mirada más amplia. Nos recuerda que las mujeres pasamos la mayor parte de la vida sin estar embarazadas y, en cambio, la atención a la salud de la mujer es sobre todo para salud reproductiva. Y es justamente en este largo recorrido (desde la primera menstruación hasta más allá de la menopausia) donde se acumula un sufrimiento silenciado: fibromas, endometriosis infradiagnosticada, sangrados que dejan a mujeres anémicas caminando por el mundo –como si fuera normal– y, al final del trayecto, cáncer de endometrio. La “crisis del útero”, como la denomina Doll.Lo que hace potente el argumento no es solo la denuncia, sino cómo pone el dedo en la llaga de la ciencia misma. El protocolo estándar para detectar el cáncer de endometrio se basa en medir por ecografía el grosor del útero cuando aparece un sangrado. Suena objetivo, neutro, universal. No lo es. Este método funciona peor en mujeres negras, que tienen más fibromas y de tamaño más grande. Este hecho genera errores de detección y, por lo tanto, diagnósticos tardíos y, consecuentemente, menos posibilidades de tratamiento. Un algoritmo aparentemente imparcial escondía un sesgo construido sobre quién había sido incluido (y quién no, claro) en los ensayos que lo validaron.Aquí hay un aprendizaje que va mucho más allá de los Estados Unidos y del color de la piel, y que la jornada Miradas que curan pone de relieve. Toda investigación que olvida una parte de la población acaba produciendo una medicina que falla precisamente a quien más la necesita. Es el corazón del sesgo de sexo en ciencia. Durante décadas, el cuerpo masculino ha sido la norma y el femenino, una desviación poco estudiada. La salud de las mujeres se ha encogido hasta significar casi solo embarazo, contracepción y poca cosa más, como si el útero solo importara cuando gesta.Cuando hablamos de "salud de las mujeres" pensando únicamente en la maternidad, dejamos fuera enfermedades crónicas que afectan a millones de personas y que arrastran un déficit histórico de financiación e investigación. Cuando el debate público reduce la anticoncepción a una cuestión ideológica, olvidamos que muchos de estos medicamentos tratan la endometriosis o los fibromas. Demonizarlos tiene un coste sanitario real.El reto ahora es que la ciencia no quede atrás ni ceda el terreno a la desinformación. Porque reconocer los sesgos no debilita el rigor; lo mejora. Y escuchar el cuerpo entero de las mujeres, toda la vida y no solo cuando gestan, no es una concesión. Es, simplemente, hacer bien el trabajo.