Por culpa de la dana

Los parroquianos del bar y los del grupo de WhatsApp decían lo mismo: que detener el mundo, hoy, por culpa del viento era una exageración. Que se hacía por culpa de la dana y de Mazón, y que ya se vería, cuando fueran pasando las horas, que no hubiera sido necesario. No sabemos qué hubiera pasado si no nos hubiera sonado la alarma en el móvil. Quizás nada, quizá todo. Quizás sí que estamos en una sociedad sobreprotegida. Pero el viento de hoy no es habitual, como no son habituales los fenómenos meteorológicos extremos que ahora vendrán y para los que no estamos preparados.

Si la dana ha servido para que los políticos piensen que, puestos a ser impopulares, es mejor serlo por exceso que por defecto, yo lo apruebo. Sí: mejor regañar a un hombre del tiempo desde el sofá porque se ha equivocado y no ha hecho mal tiempo y nos ha descarriado la escapadita, que regañarle desde el hospital porque se ha equivocado, ha hecho mal tiempo y nos ha caído un árbol encima. Ser prudente es maduro; ser imprudente es inmaduro.

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Si la dana ha servido para que los políticos se estén, de ir a El Ventorro a comer y hacer sobremesa en días de emergencia, yo lo apruebo. Nutrirse es algo que debemos hacer todos los días. Degustar, tal vez, es necesario dejarlo para las grandes ocasiones. Y apruebo que los políticos dejen de utilizar el dinero de las dietas para epatar, aparentar y seducir a los periodistas en reservados. Dejamos los años ochenta atrás, cuando las gambas y langostas, así como un champán y un rioja, eran una declaración de intenciones y una muestra de poder, un hacerte saber que te preparaban para ir a la cama, en cualquiera de los sentidos posibles. ¿Por qué un político cobra dietas por ir a inaugurar un museo y los periodistas desplazados para cubrir la inauguración no?

Ha habido heridos graves, pero ninguna muerte. Me alegro del ES-Alert de ayer. Sobre todo, porque nada del mundo me gusta más que quedarme por la mañana en casa, suspendido, sintiendo cómo aúlla el viento a través de la chimenea.