Se debe recuperar el prestigio de los Cascos Azules para fortalecer la ONU

La Asamblea de las Naciones Unidas ha llegado esta semana a un acuerdo in extremis para mantener todas las operaciones de paz de los Cascos Azules que hay desplegadas en el planeta. Hasta el último momento el acuerdo ha peligrado porque los países ricos son reticentes a hacer las correspondientes aportaciones económicas, y en este sentido la victoria de Joe Biden ha sido clave.

El problema es que la institución de los Cascos Azules está salpicada por numerosos escándalos (abusos sexuales, corrupción...) y actuaciones en que no se evitaron genocidios como en Ruanda en 1994, o en Srebrenica, en la Guerra de los Balcanes. La imagen de los Cascos Azules holandeses dejando pasar a las tropas del general serbio Ratko Mladic y abandonando a la población civil todavía son una profunda herida en el corazón de Europa.

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Desde entonces estas fuerzas no han actuado en los principales conflictos que se han producido en el mundo. No lo han hecho en Siria, ni en Yemen ni en Birmania, donde hay intereses geoestratégicos en juego de las grandes potencias o de ejércitos potentes que amenazan con el uso de la fuerza. La idea, pues, de una fuerza multinacional que sirviera para evitar los conflictos antes de que estallaran o para pacificarlos cuando se había llegado a una situación de enquistamiento no ha funcionado. En realidad, los Cascos Azules son una muestra de la poca capacidad que tiene la ONU para actuar en el margen de las potencias presentes en el Consejo de Seguridad, que tienen derecho de veto sobre cualquier decisión del organismo.

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Actualmente, los Cascos Azules solo actúan en zonas del Tercer Mundo como por ejemplo Malí y la República Democrática del Congo, y están formados, a la vez, también por contingentes de países subdesarrollados, que son los que aportan tropas mientras que los países ricos prefieren poner dinero y recursos materiales. Además, el proceso para poner en marcha cada misión es demasiado largo -como mínimo dura medio año-, lo que no resulta operativo si realmente se quiere evitar una matanza o un genocidio.

La conclusión es que la ONU, en el marco de la refundación que necesita, tendría que poder disponer de una fuerza disuasoria preparada para actuar de manera rápida y eficaz. Unas unidades militares que advirtieran a los dictadores del riesgo de castigar a su población o a los generales de protagonizar golpes de estado. Ahora mismo la idea es utópica, puesto que ninguna superpotencia aceptará que haya tropas fuera de su control que actúen en nombre de la comunidad internacional.

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Mientras tanto, sin embargo, habría que reforzar la idea misma del multilateralismo, que la comunidad internacional sea también una comunidad de valores donde haya unas reglas básicas a respetar en todos los conflictos. A partir de aquí los Cascos Azules podrían recuperar el prestigio perdido y reivindicar su papel de aquellos quien mantienen la paz en el mundo.