Los policías que pegan a manifestantes en movilizaciones no violentas y legítimas —como la masiva protesta del domingo pasado en Palma, contra la masificación y la turistificación— lo hacen amparados en el anonimato de los cascos y del número: no son personas con una cara y un nombre, como los ciudadanos, sino que hay un esfuerzo a conciencia para dar al policía que reprime a ciudadanos un aspecto tan deshumanizado como sea posible. Esto es bastante conocido, estudiado y denunciado. El otro gran instrumento de ocultación del policía represor es el corporativismo. Este es el fundamento del desarrollo de relatos policiales que, por decirlo finamente, chocan o se contradicen con la realidad. Que mienten, por decirlo sin rodeos. Saben que pueden hacerlo porque el corporativismo, una especie de camaradería mal entendida y pervertida, hace imposible que un policía se atreva nunca a denunciar las malas prácticas —y quien dice malas prácticas, dice delitos y faltas— de sus compañeros menos ejemplares.La Policía Nacional de Palma ha producido un atestado sobre los hechos del domingo por la tarde en que hacen lo de siempre: victimizarse y afirmar que tuvieron que recurrir a las cargas para “defenderse” de unos “manifestantes violentos” que daban “miedo”. Empieza a cansar un poco la canción de unos individuos a quienes les gusta hacer la fila de unos armarios musculosos, armados hasta los dientes y entrenados para lo que convenga, que dicen sentirse intimidados y muertos de miedo ante manifestantes indefensos que —en el caso de Palma— hacen cosas tan temibles como cantar La Balenguera. Cansa, sobre todo, porque es mentira. Desde los policías del 1-O hasta los de Alsasu, pasando por los que se han encargado de reprimir a golpes de porra manifestaciones proPalestina, todos resulta que sienten unos miedos profundos cuando se tienen que enfrentar con las hordas desbocadas de manifestantes violentos. La realidad, repetida una y otra vez, es que los elementos provocadores, agresivos y —llegado el caso— violentos que hay en las manifestaciones y otros actos de protesta ciudadana, son los mismos agentes de policía. Así sucedió en Palma, donde hubo más de veinte heridos, entre ellos un fotoperiodista que tuvo que recibir seis puntos de sutura en la cabeza. Los ataques policiales fueron injustificados. Y, sobre todo, intolerables.Las atestaciones e informes policiales falsos —y, cuando conviene, las declaraciones falsas ante tribunales por parte de agentes y altos cargos de la policía— se repiten porque los responsables políticos no hacen nada (tienen miedo, estos sí). Al delegado del gobierno de Palma, Alfonso Rodríguez, le piden la dimisión. La debería presentar, también por la ineptitud de haberle hecho el trabajo sucio a los empresarios turísticos y al Gobierno de PP y Vox presidido por Marga Prohens. Estos han conseguido el objetivo de ensuciar una manifestación que fue tan potente como cívica, y encima pueden endosarle el muerto a un delegado del gobierno socialista. Deben pensar que han hecho una jugada maestra, pero más o menos todo el mundo ve el truco (esto no quita que el delegado deba dimitir, y tanto).