El desafío geopolítico de un Trump castigado en las urnas
El mundo está pendiente de unas elecciones que se decidirán desde el bolsillo de los estadounidenses. El precio de la gasolina y unas facturas eléctricas inasumibles son hoy el termómetro de un descontento que decantará las próximas mayorías políticas en el Capitolio. Donald Trump ha convertido las elecciones de medio mandato en un plebiscito. Un examen sobre los costes de la volatilidad global y los límites de la falsedad presidencial que enmascara el desbarajuste de su administración.
Durante el último año, el precio del diésel ha subido más del doble que el de la gasolina, y el impacto de este encarecimiento se propaga por toda la economía estadounidense porque el aumento de los costes empresariales impulsa la inflación en una larga lista de productos. Mientras tanto, la situación en el estrecho de Ormuz sigue siendo extremadamente peligrosa. Más de 35 barcos fueron atacados en octubre, más que en cualquier otro mes desde el inicio de la guerra, y el régimen de Teherán parece convencido de que Israel y los Estados Unidos se preparan para lanzar un tercer gran ataque sobre Irán en los próximos meses. De momento, sin embargo, la guerra ya ha costado a los estadounidenses más de 47.000 millones de dólares, según ha reconocido el Pentágono.
Pero, pase lo que pase en las elecciones de mitad de mandato, es probable que la política exterior de los Estados Unidos no cambie mucho. Hasta ahora Trump ya se ha dedicado a ignorar casi por completo a la mayoría republicana en las cámaras, y desde Europa se teme que un Congreso de mayoría demócrata, que ponga freno al presidente en política interior, podría espolear, todavía más, la imprevisibilidad trumpista en el exterior. En estos momentos la balanza europea bascula entre el miedo a un Trump herido y humillado electoralmente, y el alivio de un reequilibrio político en el Capitolio.
Trump ya tiene mucha experiencia en el uso de los decretos presidenciales y el menosprecio de las cámaras: imponiendo aranceles, ordenando la retirada de tropas, debilitando las alianzas históricas de los Estados Unidos, cerrando acuerdos comerciales y desplegando operaciones militares sin pasar por el Congreso. Un Trump cuestionado internamente podría intentar consolidar su legado desde la política exterior. Bruselas especula ya con posibles escenarios de retirada de miles de soldados más del territorio europeo o con una nueva embestida contra la OTAN. Hay motivos para la preocupación.
Ucrania afronta uno de los momentos más precarios desde los inicios de la guerra. Mientras se acerca el invierno y Rusia intensifica los ataques aéreos a gran escala contra las ciudades ucranianas, Kiev ha tenido que ver cómo los Estados Unidos de Trump llegaban a acuerdos con Moscú para tener acceso a los hidrocarburos rusos, y cómo una interrupción temporal de los satélites de Starlink, la compañía de Elon Musk, les dejaba momentáneamente sin infraestructuras de comunicación vitales para las operaciones militares ucranianas.
El impulso de Trump para llegar a acuerdos con Vladímir Putin ha intensificado el malestar en Ucrania y pone a los europeos contra las cuerdas, obligados a decidir sobre sus propios equilibrios entre las inversiones en defensa, el impacto de los costes energéticos y la inflación, y un malestar creciente que ha sacado las protestas a la calle en una parte cada vez más importante de países de la Unión Europea.
En un mundo que, desde la guerra arancelaria de Trump, ya ha apostado por la diversificación de alianzas y el recorte de dependencias en unos Estados Unidos cada vez menos fiables, las elecciones de medio mandato serán, sobre todo, la escenificación de hacia dónde va el país: desde el equilibrio de poder entre los sectores progresista y centrista del Partido Demócrata, con visiones contrapuestas del papel de los Estados Unidos en el mundo, hasta el debate sucesorio entre los republicanos. Pero está por ver hasta qué punto unos u otros podrían incidir en el gran juego geopolítico en el que Trump puede convertir su final de mandato. Un gran mercadeo diplomático que podría afectar al futuro inmediato de Irán, Ucrania e incluso las relaciones con China. Un entendimiento revisionista entre grandes potencias, que algunos tienen la tentación de comparar con una Yalta 2.0, y que supondría un desafío directo a las potencias medias que, como ya advirtió el primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos “si no estamos en la mesa, estamos en el menú”. Estamos en un momento de ruptura global en el que Trump se ha convertido en el gran acelerador. El reto de estas elecciones de medio mandato en política internacional es saber quién y cómo quiere ponerle freno.