Las descartadas
Hay una edad a partir de la cual, nos han dicho, las mujeres dejamos de ser relevantes. Desaparecemos, nos volvemos invisibles solo porque hemos dejado de ser fértiles. Reproducción o muerte, ligado a la imposición del deber de ser agradable a la vista de los señores. Nosotras no nos sentimos así, está claro, es como nos siguen representando en los medios de gran impacto: las series, las películas, la publicidad. La idealización de la juventud (a la que muchas de nosotras no volveríamos ni locas), la creación de necesidades derivada del anhelo de conservarla cueste lo que cueste y la falta de voces de mujeres que nos expliquen la vivencia real y honesta de lo que significa hacerse mayor crean un imaginario terriblemente cruel para las que seguimos vivas pasados los cuarenta, los cincuenta, los sesenta. Untate de cremas, haz ejercicio, pasa hambre, mutilate.
Esta semana, después de ver seguidas unas cuantas películas protagonizadas por mujeres jóvenes que la pantalla se comía de tan guapas como son, he envidiado de repente su plenitud despreocupada, natural. Yo nunca me sentí así, y no porque no encajara en los estándares de belleza que me transmitieron (dos muy diferentes, para complicar aún más la cosa: en el pueblo me querían gorda, blanca, de pelo largo y liso y la mirada baja, aquí me decían que se me debían ver los huesos de la clavícula, los de los pómulos, que me debía poner morena y que si quería encarnar la fantasía de lo exótica debía presumir de unos rizos salvajes como recién aterrizada del desierto más lejano), sino porque cuando era adolescente no me sentía ni joven ni guapa ni deseable ni digna de ser amada. Este malestar, la falta de amor propio, enlazó con la cultura dominante en Occidente desde hace décadas: la necesidad de modificar el cuerpo (como si “el cuerpo” no fuera yo), de controlar su forma, sus medidas, su apariencia, su peso, su talla. Solo con los años y la vivencia de un amor real y profundo sostenido en el tiempo he entendido que el atractivo de una persona no tiene nada que ver con los parámetros que nos ha dado la industria del embellecimiento. Un kilo más o cinco o diez no cambian nada, ni los centímetros de cadera ni los de cintura. Y aun así, la constancia de los mensajes que nos dicen que somos feas de una manera u otra cada día, cada minuto, cada segundo puede tener un efecto devastador. Bah, ni caso, me dice la razón feminista, pero la fuerza de la cultura es muy grande y a veces caes, simplemente. Caes en la trampa de querer ser otra.
Estuve tentada de ir a la esteticista y decirle: “Quítame todo esto que tengo en la cara”. “¿Qué?”, me habría preguntado, “¿las arrugas, las manchas, las imperfecciones¿?” ¡No! Le habría respondido: "Quítame los sustos y las angustias". Aquella vez que acababa de aterrizar en la otra punta del mundo y recibí una llamada escalofriante: “Es un tumor maligno y es inoperable”. O el día que el pediatra me desgarró el vientre en urgencias por una gastroenteritis de mi hijo mayor: “Si me lo llegas a traer más tarde, te quedas sin niño”. O las noches en vela de cuando son pequeños y no sabes cómo calmarlos. O la añoranza de piel cuando me ha tocado viajar sin ellos. Me miré el rostro en el espejo y decidí que no, que no hace falta que me quiten nada, que llevo un mapa que representa la geografía vivida, las angustias y el dolor pero también las alegrías, el gozo de vivir. La primera risa de las dos criaturas que he tenido, los primeros pasos, las primeras palabras y todas las que siguieron después. Y de la misma manera que yo disfruto leyendo en las caras de los demás los años que hace que están en este mundo, y me parecen infinitamente más bellas las naturales que explican historias que las plastificadas que momifican el rictus, como yo encuentro agradables personas de todas las edades, también quiero que se vea la mía, de edad. Lo que he vivido y todo lo que aún me queda por vivir.