Nuestro deseo sin casa
Hablamos mucho de la violencia que se produce en la intimidad de las relaciones, pero muy poco del deseo, de lo que nos ocurre a las mujeres en el terreno pantanoso de la sexualidad. Como cualquier otra vivencia humana, el sexo, el amor y el erotismo también se aprenden, no surgen de manera instintiva sin más, desligados de la cultura. Por las representaciones disponibles, en la literatura, en el mundo audiovisual, en las historias que cuentan sobre nosotros, sabemos muy bien cómo es el deseo de los hombres, en qué consiste, cómo se expresa y hasta dónde puede llegar. O mejor dicho, conocemos el deseo de los hombres que se sienten con el derecho de mostrar sus dimensiones, de hacer una exhibición de fuerza no sólo para impresionar a sus posibles presas amorosas sino para competir con otros machos como ellos, para demostrarles que la tienen más larga, que son más potentes y que tienen más poder. La sexualidad que domina el imaginario colectivo es, por tanto, la sexualidad de los depredadores que viven la conquista como una cacería. Por no quedar como débiles y desvalidas criaturas ante sus compañeros de sexo, persiguen, asedian, dominan y, a veces, domestican hasta la aniquilación a las mujeres, que convierten en trofeos.
El feminismo lleva desde los años setenta impugnando esta política sexual, relatando hasta el aburrimiento el comportamiento de este tipo de individuos. Los hemos identificado, hemos descrito minuciosamente su modus operandi, enseñamos a nuestras hijas a huir delante del más mínimo indicio de "toxicidad". Y, sin embargo, todavía salen adelante, todavía actúan con impunidad, siguen agrediendo sin que les pase nada. Aunque, desde la bancada reaccionaria, llamen desesperados ("¿Es que debo firmar un contrato para follar?") por la pérdida del privilegio de acceder a los cuerpos de las mujeres sin permiso ni buen trato, utilizándolas como objetos que se pueden comprar y vender y penetrar por todos los agujeros y degradar hasta ahora de una brutalidad desconocida. Citado por Coetzee, encuentro una frase que dejó escrita DH Lawrence para los censores de El amante de Lady Chatterley: "La pornografía es el intento de insultar al sexo, de cubrirlo de inmundicia". Casi un siglo después de la publicación de la novela, hoy en día la inmundicia cubre todo: la imaginación erótica ha sido colonizada por inmensas riadas de mierda a través de la macabra maquinaria de la pornografía tecnologizada. Una mierda llena de violencia, vejaciones, violaciones de mujeres reales que han sido secuestradas y que son agredidas frente a las cámaras para el consumo de unos hombres que vuelven a agredirlas cada vez que las ven sufriendo y disfrutan sádicamente con su sufrimiento.
Y en todo esto, ¿dónde estamos nosotros? ¿Dónde queda nuestro deseo o el espacio para poder entenderlo fuera de la violencia? Yo estoy harta de hablar de los malos hombres y sus comportamientos criminales; me indigna y me fastidia profundamente darme cuenta de que este tipo de especímenes lo ocupan todo. Estamos perdiendo el espacio de la representación del sexo, estamos dejando que el miedo (tan justificado, claro) lo domine todo, y con miedo no se puede desear ni gozar. Ni pensar. ¿Qué nos ocurre a nosotros? ¿Qué sentimos frente a este panorama? ¿Por qué las víctimas de un medio mierda como Errejón no le pegan una buena coza a los huevos y le dejan noqueado? ¿Por qué nos quedamos paralizadas? Porque tienen poder, me diréis, porque no puedes creerte lo que te está pasando, etc. Yo también he estado en este sitio y conozco la inmovilización involuntaria que provocan este tipo de depredadores. Por eso, quizá, lo que debemos mirar, lo que debemos mirar a las mujeres –y no para disculparlos a ellos sino para protegernos– es lo que nos pasa con este tipo de hombres. ¿Por qué todavía hay tantas de nosotros que se sienten atraídas por los machos alfa violentos y poderosos?