Lo comprendo todo pero no entiendo nada. En el mundo de la exposición permanente, la vivencia religiosa se convierte estos días en una especie de espectáculo de masas televisado al minuto. La vivencia espiritual se sublima en estadios y grandes representaciones, masivas avenidas y mucha parafernalia. El representante de Pedro llega a Madrid y pasará por Barcelona y las Canarias con un exceso de solemnidad.
No hay duda de que no es solo el jefe de la Iglesia católica; que es también un jefe de estado, una figura espiritual global y, en este caso, un pontífice que quiere poner en el centro de su agenda a los migrantes, las periferias y las heridas sociales. Precisamente por eso sorprende aún más el exceso de aparato, de gasto y de grandilocuencia previa.
El problema no es que el Papa sea recibido con respeto. El problema es que una Iglesia que predica la pobreza, la humildad y el cuidado de los últimos se presente envuelta en una escenografía de poder y exceso. El Evangelio no necesita alfombras rojas sino coherencia. Y la coherencia, en tiempos de desigualdad, racismo, crisis de confianza pública y fatiga ciudadana, pasa también por la austeridad.
La religión, cuando se acerca demasiado al poder o se erige en poder, deja de ser una experiencia de conciencia y se convierte en una arquitectura de autoridad. Dicho de otra manera: la fe puede ser íntima, compasiva y liberadora, pero las instituciones religiosas, cuando adoptan las formas del poder terrenal, deben ser sometidas al mismo escrutinio que cualquier otro poder.
Esta es la cuestión de fondo. No si debe haber una visita papal. No si millones de creyentes tienen derecho a celebrarla. Naturalmente que sí. La cuestión es si una visita que quiere hablar de los pobres, de los migrantes y de los desheredados puede permitirse una puesta en escena que transmite una imagen de exceso. Cuando el mensaje es la proximidad con los vulnerables, los símbolos importan tanto como las homilías.
Todavía hay otra austeridad pendiente, más profunda que la presupuestaria: la del poder masculino dentro de la Iglesia. Una institución que habla de dignidad humana, cuidado y fraternidad sigue reservando a los hombres las principales formas de autoridad sacramental y de gobierno. Las mujeres sostienen parroquias, escuelas, hospitales, comunidades y redes de caridad, pero demasiado a menudo continúan apareciendo en la escenografía eclesial como servidoras, no como decisoras. La visita del Papa a España también será leída desde esta pregunta: ¿qué lugar ocuparán las mujeres en el relato oficial? ¿Serán solo presencia devota y organizadora invisible, o habrá algún gesto que reconozca que sin ellas la Iglesia real simplemente no funcionaría?
En Cataluña el símbolo de la lengua no será menor: si el Papa habla suficiente catalán en la Sagrada Familia, reconocerá no solo una lengua, sino una comunidad cultural y espiritual concreta. La de su arquitecto. Si el catalán queda diluido, se dará un mensaje tan fuerte como el de las grandes homilías.
La misma Iglesia debería ser la primera interesada en evitar esta contradicción. En una España donde la práctica religiosa ha caído de manera sostenida y donde una parte importante de la sociedad observa la Iglesia con distancia, la autoridad moral no se recupera con multitudes ni con dispositivos excepcionales, sino con verdad, reparación y sobriedad. Esta realidad debería invitar más a la humildad.
Hay, además, una sombra que no puede quedar tapada por los fastos: la gestión de los abusos sexuales y de los encubrimientos dentro de la Iglesia española. ¿Qué institución tiene derecho a celebrarse a sí misma antes de haber dado todas las explicaciones a las víctimas?
El Papa puede predicar una Iglesia pobre para los pobres. Pero esta idea exige una gramática pública: menos solemnidad de estado y más lenguaje evangélico. Menos exhibición y más escucha de los que han sido heridos por la institución misma.
Toda autoridad que reclama reverencia debe ser examinada con especial severidad. También la autoridad religiosa. Sobre todo cuando habla en nombre de los débiles. Porque la pobreza no puede ser solo un tema de discurso; debe ser también una forma de presencia.
La visita del Papa puede dejar palabras necesarias sobre migración, paz y dignidad humana. Ojalá sea así. Pero debería dejar también otra lección: en un tiempo de descrédito institucional, la grandeza moral se expresa con austeridad, responsabilidad y una cierta renuncia al decorado. La fe puede llenar plazas. La credibilidad, en cambio, se gana vaciando un poco el escenario.