Nunca es un día cualquiera

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Investigadores en el lugar del accidente en Urda, en Toledo, tras el choque de trenes
01/11/2026 - 21:01 h
Economista

Conducimos un coche sin pensar que llevamos entre las manos una máquina capaz de matar. Ponemos el intermitente, cambiamos de carril y cruzamos un semáforo con la naturalidad de quien realiza una tarea doméstica. La repetición consigue que olvidemos su importancia. Normalizamos aquello que hacemos a diario.

He pensado en ello al escuchar las conversaciones entre el centro de control de Atocha y los maquinistas de los trenes accidentados en Urda. La investigación deberá determinar responsabilidades y sería imprudente anticipar sus conclusiones. Pero conocemos algunos hechos. La caída del sistema de seguridad detuvo automáticamente seis trenes y el centro de control tuvo que gestionar su puesta en marcha. Uno de ellos, el Iryo, continuó detenido mientras otro tren recibió autorización para reanudar la circulación.

Me impresionó tanto lo que se dijo como la forma de decirlo. La maquinista del Iryo comunicó que seguía detenida porque no podía reiniciar el sistema. Desde Atocha le respondieron que, si tenía problemas, volviera a llamar. Después se escucha internamente: «De verdad, tronco». La expresión no fue dirigida a la maquinista y, por sí sola, no demuestra nada. Pero el conjunto transmite una informalidad difícil de conciliar con la gravedad de lo que se estaba gestionando. A mí, aquella respuesta me produjo una inquietante sensación de distancia respecto a la gravedad de la situación. Es, insisto, una percepción personal.

No se estaba ante una incidencia administrativa. Había cientos de personas dentro de trenes capaces de circular a gran velocidad. Cada instrucción podía proteger sus vidas o ponerlas en peligro. Precisamente por eso me resulta tan desconcertante escuchar dudas, vaguedades y un tono que parece no corresponder a la trascendencia de aquel momento.

La socióloga Diane Vaughan acuñó el concepto «normalización de la desviación» al estudiar el accidente del transbordador espacial Challenger. Lo excepcional se vuelve habitual.

Este fenómeno afecta a controladores ferroviarios, pilotos, médicos o responsables de una central nuclear. Y también a todos nosotros. Al conductor que mira el móvil durante unos segundos porque nunca ha pasado nada. Al directivo que firma sin revisar porque siempre se ha hecho así. Al técnico que pospone una comprobación, al responsable que tolera una excepción o a quien da una instrucción sin asegurarse de que ha sido comprendida.

No podemos vivir aterrorizados por cada decisión cotidiana. Pero tampoco deberíamos permitir que la costumbre nos haga olvidar lo que tenemos entre manos. Para las víctimas y sus familias, aquel miércoles no será nunca un día cualquiera. Quizás la mejor forma de respetarlas sea recordar que, en determinadas actividades, ningún día debe ser un día cualquiera.

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