Diálogo y alternativa

El pasado 9 de enero, hace ocho meses largos, este diario publicó en sus páginas de Política una información a cuatro columnas bajo el título "Borràs ‘entierra’ la mesa de diálogo". En el texto se explicaba que la entonces cabeza de lista de JxCat para las elecciones del 14-F había desairado la mesa de diálogo convenida entre ERC y el gobierno de Pedro Sánchez, describiendo aquellos que le daban crédito –es decir, Esquerra– como “el independentismo menos problemático y dócil”.

Si invoco este precedente –hay otros muchos disponibles– es para evidenciar que el rechazo de los juntaires a la fórmula de negociación acordada por sus socios-rivales republicanos viene de lejos; no surgió la semana pasada alrededor de si Sánchez acudía a Barcelona o no, de si los representantes de Junts en la cumbre del miércoles 15 tenían que ser o no consellers. Esto último constituyó más bien la coartada para no participar haciéndose las víctimas de un veto.

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Es decir, que las discrepancias tácticas, quizás incluso estratégicas, entre los dos principales partidos independentistas, los que participan en el gobierno de Pere Aragonès y al mismo tiempo pugnan por el liderazgo del Procés, son tan notorias como antiguas. Es perfectamente legítimo. Más todavía: el escepticismo de Junts ante el diálogo con el Estado resulta muy comprensible si consideramos que, hasta hoy, España no ha sido nunca capaz de resolver un problema territorial o de soberanía en una mesa de negociación. Nunca.

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Aquello que, a mi parecer, resulta preocupante de la divergencia táctico-estratégica entre ERC y Junts no es que enturbie la gobernanza diaria del país, sino otra cosa: que, mientras la apuesta de Esquerra, equivocada o no, es bastante clara (pragmatismo, gradualismo en el logro de los objetivos finales, voluntad de ensanchar la base del movimiento y de acumular fuerzas, de cargarse de razón también de cara a Europa...), la hoja de ruta de JxCat y sus entornos para llegar a la meta aparece poco o nada definida, más allá de la radicalidad verbal, de la referencia a la “unilateralidad”, del “apreteu” del presidente Torra y de la descalificación de los rivales-socios como flojos, dóciles, vendidos o, en el peor de los casos, traidores.

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Porque, a ver: si la mesa de diálogo no llega a nada porque Pedro Sánchez es un tahúr sin la menor voluntad de compromiso, porque la parte española erigirá la Constitución en un muro infranqueable, porque aun en el supuesto de que hubiera algún acuerdo sustancial ya se encargaría un poder judicial afín a Vox y al PP de tumbarlo... –y repito que motivos para temer todo esto sobran–, entonces ¿cuál es la alternativa? ¿Quemar contenedores? ¿Cortar carreteras y ocupar permanentemente el aeropuerto? ¿Cuáles son el alcance y los límites precisos del eufónico concepto desobediencia civil no violenta?

Hay compatriotas a los cuales les molesta que se utilice el concepto independentismo mágico. Pero ¿de qué otra manera podemos conceptualizar el grito de la señora Elisenda Paluzie, líder de la Assemblea Nacional Catalana, durante la reciente Diada: “President, ¡haga la independencia!”? ¿En qué consistiría, según esta visión de las cosas, hacer la independencia? ¿En salir al balcón de la Generalitat y proclamarla, como quien formula un conjuro? ¿Para hacerla efectiva y defenderla cómo, con qué? ¿Para acabar como el gobierno Companys –que ni siquiera había proclamado ninguna independencia– la madrugada del 7 de octubre de 1934?

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A mediados del último agosto, en unas declaraciones periodísticas, la ya mencionada señora Paluzie advirtió que, en caso de lograr la independencia mediante una “DUI efectiva”, esto comportaría “meses de caos”. Se sobreentiende que caos político, económico, social, en los suministros y las infraestructuras, etcétera. Y bien, ¿qué porcentaje no ya de la población de Catalunya, sino de los independentistas convencidos, está dispuesto a asumir los costes y las consecuencias de este “caos”? ¿Es razonable imaginar un escenario de este tipo en base a un referéndum heroico en muchos aspectos, pero en el cual participó un 43% del censo electoral?

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Como dice el dicho popular, prometer no hace pobre, y alimentar expectativas fantasiosas tampoco; pero de formaciones políticas con experiencia y vocación de gobierno habría que esperar algo más de rigor y de coherencia. A fin de cuentas, durante la anterior legislatura, cuando Junts ostentaba la presidencia de la Generalitat, no se produjo ningún acto de unilateralidad significativo, y las desobediencias gestuales solo sirvieron para inhabilitar al president Torra.

Desde los comunes se han afanado en reclamar la exclusión de JxCat de la mesa de diálogo, del gobierno y casi de la vida civil, como sucesores de la detestada Convergència. Una vez más, a los herederos de la última y peor Iniciativa el sectarismo les ofusca la inteligencia. Si lo que sueñan es dinamitar la actual mayoría parlamentaria y favorecer la formación de un tripartito entre ERC, el PSC y ellos, entonces tendrían que entender que Junts –al menos el Junts que se manifestó la semana pasada– les es más útil dentro del Govern que fuera.