Lamine Yamal después de ganar el Mundial, el 20 de julio en New Jersey.
24/07/2026 - 20:26 h.
Psicólogo y escritor
3 min

Actualmente atiendo en la consulta a más de una decena de jóvenes, algunos nacidos en Marruecos y otros aquí, hijos de padres marroquíes. Cuando los escucho, pienso a menudo en lo poco que se parecen al retrato que solemos hacer de los hijos de la inmigración. Todos tienen estudios superiores: licenciaturas, másteres o doctorados. Ejercen profesiones diversas y ocupan puestos de responsabilidad en hospitales, universidades, colegios profesionales y otras instituciones del país. Pero hay una característica que los une todavía más que sus currículums.

Todos han estudiado mientras trabajaban. Todos han ayudado económicamente en casa. Y todos mantienen una relación profundamente afectiva con sus familias. Cuando digo todos, quiero decir todos. De hecho, uno de los conflictos más habituales que aparece en la consulta es cómo construir una vida propia sin herir a los padres. Cómo emanciparse sin que esta libertad sea vivida como una deslealtad.

Hace poco pasé unos días en Casablanca. Durante una comida con amigos —la mayoría casauis que habían estudiado en el extranjero y después habían decidido volver a su país— la conversación derivó hacia las relaciones familiares. Uno de los presentes lo resumió con una frase: "Amamos a nuestros padres con devoción. Esto es una bendición, pero también hace que nos cueste mucho tomar decisiones que les puedan hacer daño".

Mis pacientes hablan a menudo del sacrificio de sus padres. De los trabajos precarios. De las horas infinitas. De las humillaciones silenciosas que comporta a menudo la migración. Sienten que han recibido una deuda imposible de devolver y querrían restituir, aunque fuera un poco, todo aquel esfuerzo. Les duele ver el lugar que continúan ocupando en nuestra sociedad.

Hace unos meses, una paciente me enseñó la dedicatoria de su tesis doctoral. No era para un profesor ni para un director de investigación. Era para su abuela. "Por haberme llamado cada semana preguntándome por los estudios mientras la madre trabajaba haciendo casas". Detrás de aquellas pocas líneas había una historia de amor entre tres generaciones.

Lamine Yamal, un futbolista extraordinario que además es espejo para muchos de estos jóvenes, en cada entrevista, en cada celebración, no deja de recordar el papel fundamental de su familia en la persona que ha llegado a ser.

Ahora me permitirán que me ponga la gorra de culé y de cruyffista. No puedo evitar pensar que, si Lamine Yamal fuera jugador del Real Madrid, toda la formidable maquinaria institucional y mediática del club haría campaña sin descanso para que ganase el Balón de Oro. En el Barça somos más prudentes. En la vida, en general, me gusta ser prudente, pero me desespera en el fútbol. ¡Tenemos al mejor jugador del mundo!

A la prudencia culé se suma que Lamine Yamal es musulmán y transmite demasiada felicidad. A una parte de la sociedad le desagrada lo primero (ahora lo sabemos bien porque la islamofobia ya no se disimula) y a muchos culés lo segundo. ¡Pobre Lamine!

Durante muchos años he oído decir que Cataluña no es un país racista. Yo siempre respondo lo mismo: todos los países tienen sus racismos. Cataluña no es una excepción. No es peor que los demás. Pero tampoco es mejor.

Gane Aliança Catalana las próximas elecciones o quede segunda, cambien o no los equilibrios políticos, Lamine Yamal continuará haciéndonos felices a los culés y espero que a muchos catalanes. Y con él continuarán todos los Lamines: los jóvenes que hablan varias lenguas, que aman profundamente a sus padres, que practican el islam a su manera, que han crecido entre mundos diferentes y que, con más o menos fortuna, ya forman parte inseparable del nosotros catalán.

Esta es su victoria. Y también es la nuestra.

Pas mal, que dirían los franceses. Incluso aquellos que, según el expresidente Rajoy, no acababan de serlo del todo.

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