Los días pasan deprisa

Si la Cuaresma vino pronto, el Domingo de Ramos también vendrá pronto. Tan pronto como mañana mismo. Y si el Domingo de Ramos viene tan pronto quiere decir que, de hecho, ya estamos en Semana Santa. Bueno, ahora todo esto casi no se nota. Sí, todavía vamos a bendecir cuatro ramas de laurel y alguien todavía lleva un palmón largo y recto, pero, de toda la semana, solo es fiesta el Viernes Santo. Sábado, que antes se decía de Gloria y ahora se dice Santo, siempre es fiesta, y el Lunes de Pascua, que la gente, equivocadamente, llama el "día de la mona", se une a viernes y hacen un puente festivo que la gente aprovecha para viajar, esquiar y, los más atrevidos, desnudarse e ir a tomar el sol a la playa. Antes, cuando yo era joven, era fiesta toda la Semana Santa, más o menos. Sobre todo a partir de jueves.

Pero todo comenzaba el Domingo de Ramos. En Girona, en casa, subíamos a la catedral a bendecir el palmón (las niñas, la palma). La misa, de hecho, el oficio pontifical, era larga, porque a la hora del Evangelio se leía entera la pasión según san Mateo. Antes, el obispo había bendecido palmas y palmones, laurel y olivo. O sea que todo ello duraba bien un par de horas. A la salida, al solecito benigno de abril, las familias conocidas se saludaban, hablaban, hacían visita. Los niños corríamos de un lado a otro, rodeando el pozo que aún preside la plaza de los Apóstoles. El Domingo de Ramos era el día de ir a felicitar a los padrinos, y ellos, agradecidos, te regalaban un tortel. En Girona, el tortel de Ramos era más importante que la mona, que, según mi abuelo y padrino, era cosa barcelonesa, aunque él el Domingo de Pascua también me regalaba una mona. El tortel era inmenso, así al menos lo recuerdo. Medía bien un metro de diámetro, relleno con mazapán y espolvoreado con azúcar glas. Se iba secando poco a poco y teníamos tortel para mojar en el café con leche del desayuno toda la semana. El Domingo de Pascua se volvía a felicitar al padrino y él, agradecido, te regalaba una mona. El Domingo de Pascua era el día de la mona. No el Lunes, como dicen ahora. En las monas predominaba el chocolate. A veces, un gran huevo de chocolate presidía la mona reposando sobre una tarta de bizcocho, crema o mantequilla y almendra troceada. Poco a poco, vino la invasión de muñecos, según la moda de los cuentos o las películas de Walt Disney… Blancanieves, Dumbos, Mickymouses, etc. A mi padrino, esto de los muñecos no le debía hacer mucha gracia, porque un año, tengo un recuerdo vivísimo, me regaló una ermita hecha toda de crocante. Era de medidas considerables y las paredes tenían bien un centímetro de grosor.

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Lunes, martes y miércoles eran días normales. Sin colegio, eso sí. No íbamos a misa. Como la pasión según san Juan se reservaba para el Viernes Santo, lunes, martes o miércoles, no recuerdo qué día cada una, se leían las dos que quedaban. O sea que, por Semana Santa, se leían las cuatro pasiones enteras: san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan.

Semana Santa solía ser en abril. Los días se alargaban, y como, poco o mucho, había llovido, el paisaje se había vuelto verde. Los campos, de un verde más vivo; los árboles, de un verde tierno, un poco aguado, sin sustancia. Los setos de espino se volvían blancos y hacían aquel olor a miel que te perfumaba cuando te acercabas. Los espárragos empujaban hacia arriba desde la base de la esparraguera que los enmarcaba con su verde oscuro y punzante. Los tres días digámoslo neutros antes del Jueves Santo eran perfectos para ir a pasear por Sant Daniel, para empaparse de los cambios de color del mundo y para asumir aquella alegría de la naturaleza que tan poco encajaba con los días inmediatos que nos esperaban. Porque nos esperaba la pasión y la muerte de Jesús. Todo lo seguíamos puntualmente. Procesiones, manaies, visitas a los monumentos que se hacían en cada iglesia… Todo se hacía en silencio, con una cierta seriedad. Pero todo pasaba deprisa. Ya se sabe, los días pasan deprisa, las vacaciones de Semana Santa duraban cuatro días y teníamos que volver a la rutina pesada de las clases. La cosa curiosa es que pasábamos toda la semana dando vueltas a la muerte, y de la Resurrección, la cosa más importante, el fundamento de toda la fe cristiana, casi no hacíamos caso. Con dos días lo arreglábamos. Y aún, el Lunes de Pascua era una fiesta más bien profana. Reuniones, costilladas, excursiones a las ermitas cercanas. Y los restos de la mona del día anterior. Ahora ya no queda nada de todo esto. Quizás mejor…