Y dicho todo esto, la pederastia

Con su inusual alocución al Congreso de los Diputados, León XIV, o Robert Prevost, personificó una de esas paradojas que definen nuestro tiempo: que un líder religioso supuestamente infalible, que se permite incluso hablar contra derechos tan frágiles y evidentemente nobles como la eutanasia o el aborto, pueda ser al mismo tiempo mejor defensor de la democracia que muchos de los representantes electos que le ovacionaron con el mismo cinismo con que llevan a cabo su lamentable labor de cada día. El actual papa de Roma dijo palabras valiosas al Congreso, las ha dicho en diferentes momentos de su viaje al país llamado Madrid, y es previsible que siga diciéndolas durante su estancia en Barcelona. Viene de publicar, además, una encíclica en la que se posiciona ante una cuestión —los abusos de poder en la era de la inteligencia artificial— que literalmente determinará el futuro del mundo: León XIV no ha querido escaparse del deber de pronunciarse al respecto, y lo ha hecho con un discurso que desafía a las poderosas extremas derechas de Occidente. Que en España, y en Cataluña, algunos patriotas solemnes le tilden de papa woke, o de papa sanchista o (estos días lo oiremos) de papa españolista indica también que no yerra. En Madrid, León XIV ha recibido baños de masas entusiastas y acríticas, porque es una ciudad acostumbrada a vivir bajo las costumbres y maneras de la derecha españolista, y eso predispone a favor de cualquier pontífice, ni que sea progresista. En Barcelona encontrará más contestación, pero no tanto —por desgracia— como resultado de la tradición progresista de la ciudad, sino a consecuencia del empastre patriotero y esencialista que ensucia el debate público catalán y que hace avanzar a grandes zancadas, justamente, a esa extrema derecha contra la cual se posiciona Prevost.

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Tanto en Madrid como ahora en Barcelona, a León XIV literalmente lo ha perseguido, y con razón, el monstruo abominable de la pederastia dentro de la Iglesia católica. El Papa se ha referido a ello como “plaga”. En términos veterotestamentarios, es una buena imagen para definirlo, pero es algo más: son años y más años de encubrimiento de uno de los peores crímenes posibles, cometido por los que se proclaman a sí mismos representantes de Dios en la Tierra, pastores de almas, de mentes y de cuerpos. Hay pocas cosas peores que le puedan pasar a una persona: ser violada de infancia. Y aún más: que el violador fuera alguien contra quien no podían decir nada porque tenía una autoridad infinitamente superior a la palabra de una criatura. Sufrieron, por tanto, violación y después incomprensión y rechazo, una humillación insoportable. Las víctimas de los curas violadores, o abusadores, merecen reparación y homenaje y, sobre todo, merecen ser escuchadas. Que dos pontífices consecutivos, Francisco y ahora León XIV, condenen abiertamente la pederastia es un primer paso fundamental, pero es un primer paso. El número de pederastas entre los religiosos es escandalosamente superior al que hay entre los seglares, y esto es porque durante mucho tiempo se han organizado para que fuera así.