América Latina: una ola de extrema derecha y trumpista fuerza heterogénea
El terrible terremoto de Colombia llega cuando acababa de producirse la toma de posesión de Abelardo de la Espriella en Colombia, aliado de Trump y de muchos de los gobiernos de extrema derecha de la región. A la espera de ver cómo gestionan la catástrofe el nuevo mandatario y su equipo, nos centraremos, con toda la solidaridad, solo en el análisis político. Y, creo, conviene no exagerar el titular fácil sobre una ola regional derechista y trumpista. Los fenómenos políticos y electorales en América Latina, como en todas partes, reflejan cambio y continuidad. En 2026 asistiremos a cinco elecciones presidenciales y dos locales, que se añaden a diversas elecciones presidenciales y legislativas durante 2025. Expondré una triple tesis sobre la región: 1) hay cuatro rasgos cruciales a considerar; 2) no hay una ola derechista que se pueda analizar homogéneamente en la región; 3) el factor Trump existe, pero tiene resultados finales inciertos.Consideramos los cuatro rasgos clave. Primero, la persistencia del voto de castigo electoral a los oficialismos, que convive con la ratificación de determinados liderazgos: en Honduras, donde el 80% votaron a los candidatos opositores; en Chile, donde Kast ganó por casi 20 puntos, pero también con el apoyo a los gobiernos en México, El Salvador y Argentina. Segundo, la pérdida de relevancia y de poder institucional de los partidos de centro (exceptuando el caso de Bolivia, donde se impuso un candidato de centroderecha): los votos han ido hacia la derecha o izquierda extremas, lo que ha incrementado la fragmentación y la polarización. Tercero, se constata un factor Trump, por la emergencia de candidatos trumpistas (Honduras, Chile o Colombia) o por su peso en comicios como los argentinos, con el apoyo del préstamo de Washington, o su relevancia en el tramo final de la campaña en Honduras. El cuarto rasgo es la relevancia regional del incremento del coste de la vida, el bajo crecimiento económico y la inseguridad, factores causales que explican muchos resultados.
Como he dicho, esta ola derechista y trumpista no se puede analizar de manera homogénea. Sin duda, han perdido los oficialismos y en particular los de izquierdas, probablemente por causas similares a las apuntadas antes, sin olvidar la fragmentación y las habituales luchas cainitas de la izquierda. Pero encontramos diferencias: Laura Fernández en Costa Rica ha prometido continuidad; o, en Perú, Keiko Fujimori lleva décadas de presencia en el establishment, algo muy diferente de la “patria milagro” y el mandato de los “nunca” de De la Espriella. Ciertamente, exceptuando a Bukele en El Salvador, la mayoría de los gobiernos ultraconservadores comparten la dificultad de tener que gobernar sin mayorías claras en sus Parlamentos, lo que obligará a buscar alianzas de geometrías variables. Comparten también el papel fuerte de la religión en su versión más conservadora, ya que esta ola de derecha extrema latinoamericana no ha apostado tanto por el etnonacionalismo como por el autoritarismo y el conservadurismo religioso, como muestra el hecho de que, excepto en Chile, la migración ha sido menos importante en las campañas que temas como la crítica a la ideología, la igualdad de género, la diversidad, el ambientalismo o el aborto. Los candidatos han tenido un fuerte apoyo de fundaciones conservadoras y de Trump, pero tendrán costes en puntos centrales de la política exterior de muchos países, como las alianzas con China, Israel e incluso Marruecos. Por lo tanto, el contexto de surgimiento y algunas causas de la ola pueden ser compartidas, pero los resultados en los próximos años diferirán mucho.Dos consideraciones finales sobre el factor Trump. Primero, Trump está rehaciendo América Latina y presume de ello, como en el G-7 del mes de junio: cuando los periodistas le pedían que valorase las negociaciones con Irán, él insistía en la importancia de la captura de Maduro en 48 minutos en enero de este año y en cómo esto estaba cambiando la relación con Venezuela. La administración Trump ha dedicado más atención y recursos materiales a la región que cualquier otra administración norteamericana en las últimas cuatro décadas, incluyendo la referencia a la estrategia de seguridad nacional del 2025 en la doctrina Monroe.A corto plazo, parece darle resultados: victorias de sus candidatos y creación de un grupo de países afines que aclaman incluso sus coacciones a Cuba. Pero hay dudas de lo que podría pasar a largo plazo, por la incertidumbre de lo que podría pasar con Cuba y con el México de Sheinbaum, y por las luchas sociales en los países donde han ganado sus candidatos. Y, como decíamos al principio, por la manera como se haga frente a situaciones como el terremoto de Colombia. Todo es incierto. Con Trump, y con la ultraderecha regional, nada está escrito en piedra: unos y otros suelen recurrir a justificarse diciendo, como en la canción, “la culpa fue del txa-txa-txa”.