¿Por qué discutimos sobre quién es catalán?

Los reiterados debates públicos sobre quién es catalán, o sobre qué es serlo, poco tienen que ver con querer conocer la sociedad catalana. Son discusiones que resultan de las confrontaciones políticas, en las que cada interlocutor utiliza su definición para autodefinirse y marcar distancias con el adversario. Por tanto, nada se puede saber de los catalanes y de su nación, y todo el interés radica en cómo se nos utiliza a favor de los respectivos proyectos políticos. Son debates que se producen de forma intermitente en todas las naciones, pero que aquí son endémicos.

Que se trata de imponer narrativas políticas más que de conocer la realidad lo prueba su imprecisión. A veces se quieren definir esencias atávicas, a menudo se hace referencia a voluntades subjetivas y volubles, y en otros casos se limita a reafirmar marcos administrativos casi coloniales, al estilo de lo de "¿Qué pon en ti DNI?También, en algunas ocasiones, no se pretende afirmar ninguna realidad fáctica, sino que se tiene una dimensión aspiracional. Es decir, sugieren un ideal. como: "Para nosotros, la nación es algo vivo, lleno de sentido y de cara al futuro, y la raza es algo muerto, pobre de contenido y plasmado sobre el pasado. [...] Para nosotros, los forasteros que vienen a Cataluña [...] son ​​tan catalanes en nuestra interpretación futurista de la nación como nosotros mismos. No hacemos absolutamente ninguna diferencia". Él lo dice: se trata de una "interpretación futurista" de la nación.

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Y es como siempre he entendido el presidente Jordi Pujol: "Es catalán quien vive y trabaja en Catalunya", una frase que deja de ser equívoca si es completa: "[...] y que con su trabajo, con su esfuerzo. Debemos añadir sólo: que de Catalunya hace su casa, es decir, que de una manera u otra se incorpora, se reconoce, se entrega, no le es hostil". Y aún: "Excepto el que viene con prejuicios anticatalanes, el inmigrado, en principio, es un catalán". sobre las bases de una reconstrucción nacional. Y lo mismo puede decirse de la otra famosa frase "Catalunya, un solo pueblo", atribuida a Josep Benet –y bendecida por Paco Candel–, no menos aspiracional que la anterior.

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Para interpretar bien estas aspiraciones no pueden obviarse sus contextos políticos y demográficos. Pero sobre todo se las traiciona cuando se las convierte en definiciones esencialistas y se las desvincula del proyecto de reconstrucción nacional. Es en este sentido que hace veinte años escribí que, vista la larga tradición inmigratoria, habría sido conveniente para el nacionalismo catalán haber dado un paso más y haber considerado el hecho migratorio, en términos de Pierre Nora, como un "lugar de memoria nacional" ("Memory of inmigration in Catalan nationalism", IJIS, 18-1, 2005).

En definitiva, detrás de cada toma de posición en relación con las identidades hay todo un programa político vestido –o disfrazado– de análisis de la realidad. Existe, explícita o implícitamente, una concepción de lo que es o de lo que podría ser la nación catalana plena, los Països Catalans. O sólo sobre el actual territorio autonómico. Y también puede leerse la renuncia al proyecto de nación. Pero, en todos los casos, los debates dichos identitarios son debates de poder, sobre quién puede decir quién eres y qué eres, o decir quiénes somos y qué somos.

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Unos debates, por otra parte, que, atrapados en las esencias, las voluntades individuales subjetivas o las coerciones administrativas, suelen obviar fenómenos mucho más complejos que el simple etiquetado "por arriba" de decir quién es qué. Pongo un ejemplo. Puede discutirse si es poco o mucho que en el 2023 se incorporaran 272.645 extranjeros no españoles en Catalunya. Pero, mientras tanto –y se trata sólo de los movimientos administrativamente registrados–, nos pasa por alto que, sumando a quienes llegaron ya quienes se fueron, tanto del extranjero como del resto de España, el movimiento total de desplazamientos fue de 529.263 personas, casi dos veces más. O que el 1 de enero de 2025, los nacidos fuera de Catalunya –registrados– ya eran cuatro de cada diez.

Es decir: lo que ahora mismo me parece más significativo para el futuro de la nación es la cuestión del vínculo y la pertenencia social, política y cultural, y no quien es o deja de ser catalán. Sin embargo, los elogios a la diversidad, oa la homogeneidad, y los debates identitarios son cantos celestiales. O infernales.