La educación y la extrema derecha
La encuesta publicada el domingo en este mismo diario sobre el aumento de la extrema derecha en Cataluña es muy preocupante, y nos recuerda que las aulas no son islas inmunes al crecimiento del populismo ni a la polarización que sacude la sociedad catalana y toda Europa. En este contexto, el debate sobre la presencia policial en las escuelas no es menor. La cuestión de fondo es: ¿qué estamos haciendo para que los conflictos se puedan elaborar dentro de la escuela y qué modelo de escuela estamos construyendo? Necesitamos una mirada más profunda sobre cómo estamos educando en la convivencia y la pluralidad en la escuela catalana, más allá de prevenir los conflictos. Hace justo una semana visitaba un centro educativo que intenta hacer frente al aumento de conflictos en el patio del mediodía. En este centro la mayoría se producen entre chicos y giran alrededor del fútbol y las pelotas. Las chicas pasan el patio sentadas en pequeños grupos, conversando, bailando o haciendo juegos de picardía. Y cuando hay conflictos son verbales, del tipo “ya no eres mi amiga”. También pueden hacer daño, cuando se transforman en insultos que se lanzan como dardos: “fea”, “gorda”, “eres así o asá”. En los últimos años hay un aumento de la conflictividad en las escuelas: según el registro oficial (REVA), el curso 2025-2026 se han registrado más de 3.000 casos. Son situaciones de acoso escolar, violencias sexuales o machistas, así como casos de odio y discriminación. Muchas pasan fuera de los centros pero se detectan en las aulas. Las formas de conflicto no son iguales para chicos y chicas. Los datos de convivencia escolar en Cataluña lo confirman. Los chicos concentran más conflicto visible, físico y sancionado, mientras que las chicas aparecen más en formas de conflicto relacional y menos visible. No es una diferencia menor: describe maneras diferentes de habitar la escuela y de expresar el malestar. Las chicas, en general, están más adaptadas a la cultura escolar, y para los chicos es más difícil construir allí su identidad viril. Los datos muestran también una brecha importante: las chicas, en general, tienen un mejor dominio de la oralidad y de la expresión, mientras que muchos chicos disponen de menos herramientas para poner palabras a lo que les pasa.Si ampliamos la mirada, el patrón se refuerza. Los chicos presentan más abandono escolar prematuro (15–20% frente al 10–13% de las chicas) y más fracaso en la educación obligatoria. Esta brecha tiene continuidad fuera de la escuela: cerca del 80% de los jóvenes en justicia juvenil son chicos y más del 90% de la población penitenciaria en Cataluña es masculina. No son fenómenos aislados, sino trayectorias que conectan dificultades escolares, déficit de herramientas para gestionar el conflicto y mayor exposición a la violencia, a menudo en contextos de desigualdad y vulnerabilidad.
Existe también otra brecha de género: los hombres jóvenes tienen más predisposición al voto de extrema derecha, y adoptan más fácilmente los discursos antifeministas o antiinmigración. La cuestión, sin embargo, no es reducir esto a una lectura de género. La pregunta es otra: hasta qué punto la escuela sitúa en el centro el trabajo exigente de la palabra. No solo la expresión emocional, sino la construcción de un lenguaje compartido capaz de elaborar el conflicto, sostener el desacuerdo y transformar el impulso en pensamiento. Philippe Meirieu nos recuerda que hoy es urgente en la escuela una pedagogía del sursis –el “dejar en suspenso”–, que implica educar la capacidad de interrumpir la respuesta inmediata para que el alumno pueda pasar del reflejo a la reflexión, de la reacción a la elaboración consciente de lo que hace y de lo que siente, a la palabra. No se trata de abrir turnos de palabra, sino de recuperar la razón y la argumentación: aprender a fundamentar las opiniones, escuchar y respetar la disidencia sin recurrir a la fuerza. Educar en la palabra es no renunciar a los límites, pero tampoco imponerlos: es construirlos hablando y pensando. Hace tiempo que la escuela ha incorporado la educación emocional, un avance indiscutible. Pero a menudo se ha quedado en una dimensión individual y psicologizada. El reto es pasar del “cómo me siento” al “qué hago con esto en relación con los demás”. Educar es conseguir que la emoción se deje pensar por la razón y orientar por la voluntad, esta gran olvidada: sostener el esfuerzo, diferir la respuesta y resistir el impulso.El aumento de la extrema derecha no es solo un fenómeno de papeletas en las urnas, sino un síntoma cultural que se alimenta de respuestas simples y de la designación de un "otro" como amenaza. Ante este populismo creciente, la escuela debe reivindicar su papel como espacio de construcción de ciudadanía. Martha Nussbaum nos recuerda la necesidad de educar en la alteridad: la democracia exige personas capaces de imaginarse en el lugar del otro y de reconocer la dignidad de aquel que es diferente o con quien no estamos de acuerdo. Esto implica transformar el centro educativo en un lugar donde el debate de ideas sea central y donde se enseñe a sostener la disidencia sin recurrir a la fuerza ni a la exclusión. La negación de la alteridad –quien es diferente— es uno de los combates de la extrema derecha. La escuela es un espacio de pertenencia donde aprendemos juntos a convivir en la diversidad. Por eso la educación es el arma decisiva de la democracia para contener una amenaza que erosiona sus fundamentos.