El efecto Vía Augusta

Hablamos mucho de la crisis educativa y vamos listando temas que la alimentan. Son ejemplo de ello los resultados de PISA, el conflicto abierto con los sindicatos, el cansancio del profesorado, las dificultades para encarar la educación inclusiva, las nuevas dinámicas formativas en aulas que no son como las de antes. Para complicarlo todavía más, Wolfgang Streeck recordaba hace poco que esto que llamamos "policrisis" es un haz de crisis encadenadas (vivienda, infraestructuras, envejecimiento, desigualdad, endeudamiento de los gobiernos, angustia ante el futuro) que se refuerzan mutuamente mientras los estados tienen cada vez menos margen fiscal y los salarios no suben. La escuela no es una isla. Es el lugar donde todas estas crisis llegan cada mañana, con nombre y apellidos, a las nueve en punto.

El problema educativo es, pues, un problema dentro de un conjunto de problemáticas, difíciles de separar y que no solo van ganando grosor, sino que, como mezcla, hacen más difícil encontrarle solución de manera diferenciada. El término complejidad, que usamos a menudo para decir que todo es cada vez más complicado, surge de este entrecruzamiento, y la complejidad tiene una exigencia que a menudo olvidamos. Cuanto más compleja es una situación más proximidad hace falta para saber por dónde empezar y cómo hacerlo. El acceso a actividades extraescolares, la segregación, la diversidad de orígenes, la precariedad residencial, la salud mental de los adolescentes o el impacto de las pantallas no se presentan igual en Nou Barris que en Sant Cugat, en l'Hospitalet que en el Pallars.

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Sin embargo, el sistema educativo catalán funciona como si todo fuera homogéneo. Como muchas políticas públicas en Cataluña, está fuertemente centralizado, pero en educación el fenómeno es más relevante. Todo acaba pasando por el departamento situado en la Vía Augusta de Barcelona. Desde allí se pagan las nóminas de decenas de miles de docentes y se acaban decidiendo bajas, se procesan trámites y movimientos de personal. Los servicios territoriales no tienen competencias propias, fruto de una lógica más de desconcentración que de descentralización. Ventanillas en el territorio. Y tampoco los ayuntamientos, más allá de las guarderías, tienen mucho que decir al respecto. Es lo que algunos llaman el "efecto Vía Augusta". Un centro decisional desbordado por la gestión cotidiana, demasiado lejos para conocer y demasiado atareado para pensar. Tratar igual realidades desiguales no genera igualdad, más bien lo agrava. Seguramente no es ahora la prioridad más importante del departamento, pero igualmente es significativa.

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Hay experiencias que muestran que otra lógica es posible. Algunas tienen reconocimiento formal y competencias propias, como la excepción del Consorcio de Educación de Barcelona, donde Generalitat y Ayuntamiento comparten el poder y esto permite combinar criterios comunes con mayor conocimiento del territorio. Otras, sin este reconocimiento, han sabido abrirse espacio en un sistema aparentemente homogéneo y se jactan, con razón, de ser ciudades educadoras. Municipios como el Prat de Llobregat o Granollers, entre otros, han construido proyectos educativos de ciudad propios, conectando escuela, servicios sociales, cultura y entorno territorial, como también se ha hecho en el Plan de Barrios de Barcelona. Las zonas educativas, previstas en la ley pero desplegadas de manera muy desigual, apuntan en esta dirección, generando espacios donde centros, ayuntamientos y servicios compartan diagnóstico y recursos. Son piezas dispersas de una arquitectura que todavía no es sólida.

No se trata de elegir entre centralizar o descentralizar, sino de decidir qué corresponde a cada escala. La descentralización tiene riesgos como la fragmentación de objetivos, las desigualdades entre territorios, la captura por parte de quienes tienen más recursos y mayor capacidad de presión y, sobre todo, la poca capacidad de muchos municipios demasiado pequeños para asumir más funciones. Por otra parte, sin mecanismos redistributivos surge lo que se llama el “efecto Mateo”, es decir, con más autonomía, a quien tiene más, más le será dado. Por eso hace falta un centro que haga aquello que solo la visión general puede hacer, es decir, fijar objetivos compartidos, garantizar recursos suficientes y redistribuirlos allí donde más faltan, disponiendo de buenos sistemas de datos y de información para evaluar y corregir. Conocer sin complicar la vida a los que están cerca. A la escala de proximidad, habría que reforzar las zonas educativas y generar experiencias piloto con consorcios locales con aquellos ayuntamientos dispuestos a asumir responsabilidades educativas tan importantes para los territorios. Con reconocimiento formal y presencia municipal real, debería ir todo aquello que pide rapidez y conocimiento cercano para asegurar respuestas concretas a problemas que en cada lugar son diferentes.

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Paradójicamente, descentralizar la gestión no significa erosionar la capacidad de gobierno del conjunto. Un departamento liberado de la tramitación diaria podría hacer lo que ahora no puede hacer, como por ejemplo anticipar, tomar decisiones estratégicas y velar por la equidad del conjunto. La crisis educativa puede ser la ocasión para plantearlo. Si respondemos solo con más recursos gestionados de la misma manera, volveremos a hacer lo mismo esperando resultados diferentes.