El ego de la señora abogada

Elisa Mouliaá, que denunció a Íñigo Errejón por acoso sexual y ahora ha sido acusada por él de calumnias, tiene una nueva abogada. A raíz de que debía presentarse ante el juez, esta nueva abogada dijo esto: “Yo no le he recomendado que se presente ni que no se presente, porque el ego lo tengo a la altura de los zapatos y no de las nubes, y no soy la lista de la abogada que llega la tercera y le lava el cerebro a su clienta”. Esta abogada es una que pidió en las redes un sicario para solucionar unos asuntos con un juez, dos fiscales y un alcalde. Escribo estas líneas desde Sicilia, donde, con suscriptores de ARA, seguimos la huella de la filmación de la gran película El padrino. Ya les podemos decir, sentados todos en un bar de Corleone, degustando una “granita”, que “los negocios” no se hacen así. Un asunto de esta envergadura pide, sobre todo, discreción. Después, si has resuelto lo que te preocupa, puedes decir algo como: “Deja la pistola, coge los cannoli”.

De las palabras que dice sobre un hecho tan importante como presentarse ante el juez me sorprende que hable de ego. Ella tiene el ego a la altura de los zapatos y no de las nubes, como otros colegas. Es evidente que un abogado, como un escritor, puede tener ego o no tenerlo, pero no puede ser el desencadenante para trabajar de una manera u otra. Ni le recomienda que se presente ni le recomienda que no se presente. Error fatal. Si tú contratas un abogado es para que te diga qué tienes que hacer y qué pasará si no lo haces. Si la clienta de la abogada contratara también un filólogo y un psicólogo, sabría que el ego de la letrada o la ausencia de ego no debe tener nada que ver con su defensa y que no es recomendable hablar de ello en público, sino, más bien, en la intimidad de una consulta.