Unas elecciones en estado de ebullición
Durante una noche larguísima y amarga, la del 9 de abril de 1992, aprendí a desconfiar de los sondeos electorales. Que suelen acertar, salvo cuando una sociedad muestra síntomas de ebullición profunda. Es decir, cuando la famosa "sociedad líquida" y en continua mutación definida por Zygmunt Bauman pasa a un estado gaseoso completamente impredecible. En las elecciones del 29 de noviembre podría darse una de estas explosiones de gas.
Les explico la pequeña historia de aquella larga noche. En 1992, los conservadores británicos llevaban 13 años en el poder. Y estaban desgarrados por la cuestión europea. Margaret Thatcher había dimitido en 1990. Su sucesor, John Major, parecía un hombre gris y sin capacidad de liderazgo. Todos los sondeos, absolutamente todos, auguraban que del 9 de abril saldría un Parlamento con mayoría laborista o sin mayoría para ningún partido.
Yo trabajaba entonces como corresponsal en Londres. Los sondeos a pie de urna ratificaron una pequeña mayoría laborista. Los primeros recuentos parecían indicar más bien que los laboristas o los conservadores tendrían que pactar con los liberaldemócratas para formar gobierno. Envié a El País una crónica en este sentido. Abrió la portada de la primera edición.
Pero, a medida que avanzaba la noche, se hizo perceptible una recuperación conservadora inesperada. (Finalmente, consiguieron una mayoría de 21 escaños, escasísima para el sistema mayoritario británico.) Escribí una nueva crónica. Para desgracia mía, el redactor jefe de guardia se había marchado, el director estaba ilocalizable (no existían todavía los teléfonos móviles) y el regente de imprenta dijo que, sin orden de alguna autoridad, la portada no se cambiaba.
Al día siguiente hicimos el ridículo. Creo que el consejo de administración exigió mi despido y me salvó el director, Jesús Ceberio.
¿Qué había pasado en aquellas elecciones? Diversas cosas: que los laboristas de Neil Kinnock habían pecado de triunfalismo y se habían escorado hacia la izquierda para satisfacer a la militancia, que nadie había sido capaz de afrontar la cuestión europea y que, ante la duda y sometidos al mensaje torturador que les decía que estaban ante, sin ser verdad, una cuestión de vida o muerte, los electores (la participación fue muy superior a la prevista) prefirieron quedarse a disgusto con la ambigüedad de John Major.
Cinco años después, con los tories en plena guerra interna por Europa, los nuevos laboristas de Tony Blair, una versión edulcorada del conservadurismo, obtuvieron una mayoría aplastante.
Las elecciones españolas de noviembre son también de las que se disputan sobre arenas movedizas. Parece muy, muy improbable una victoria socialista. Pero esto dependerá de la movilización de sus votantes, del estado de ánimo catalán (en 2023 Cataluña mantuvo a Pedro Sánchez en el poder) y del porcentaje de voto útil, dadas las pobres expectativas de los partidos a la izquierda del PSOE.
Parece muy, muy probable una victoria del Partido Popular. Pero esto dependerá de hasta dónde lleguen los socios de Vox. Si la ultraderecha se acercara al 20% de los votos, el éxito de Alberto Núñez Feijóo tendría un sabor bastante amargo y se abriría, probablemente, una etapa convulsa.
Las elecciones suelen resultar gaseosas cuando las propuestas principales son negativas. Como ahora. Lo que propone la derecha es acabar con el sanchismo, definido como “dictadura social-comunista y corrupta” por sus dirigentes más conspicuos. Lo que propone Pedro Sánchez es frenar a la ultraderecha. Ambos frentes recurren a lo emocional (la difunta inquilina Maricarmen, la invasión de Ceuta), a la pelea callejera (veremos cosas inusuales) y al insulto. Una sociedad ya de por sí crispada será sometida a tremendas descargas de crispación. ¿Cómo llegar al punto de ebullición?
Todos los factores con potencial para distorsionar los sondeos están ahí. Oiremos mentiras flagrantes. Por primera vez, parece, los casos judiciales que acorralan al gobierno no quedarán suspendidos en campaña. Y nadie es capaz de saber a qué nivel llegarán el posibilismo (el voto útil desganado) y las reacciones viscerales (el voto de castigo que antepone el placer de fastidiar al rival a cualquier tipo de raciocinio político).
No sé qué pasará. Pero estoy bastante convencido de que el 29 de noviembre, por la noche, quedaremos boquiabiertos.