La escalada de las guerras en el siglo XXI
La escalada acostumbra a entenderse como un simple aumento de la violencia, pero en realidad es un fenómeno más complejo: una crisis escala cuando se intensifica, se amplía a otros escenarios geográficos o ámbitos (terrestre, naval, aeroespacial o cibernético), o afecta a objetivos cada vez más sensibles y, por tanto, se hace más difícil de controlar. Hoy, este riesgo es mayor, porque la guerra depende cada vez más de un conjunto de tecnologías que cambian su lógica: el uso de armas de precisión y de largo alcance, la proliferación de drones –y, sobre todo, la posibilidad de utilizarlos en enjambres–, la inteligencia artificial, el ciberespacio, la guerra electrónica, los satélites y, en algunos casos, las armas hipersónicas. Pero también porque muchas de estas capacidades son más accesibles y se difunden más allá de las grandes potencias. No todas tienen el mismo peso, pero comparten un mismo efecto de fondo: aceleran los acontecimientos, aumentan la ambigüedad y hacen más probable que una acción limitada sea percibida como un paso más grave de lo que quizás pretendía ser.El primer problema es la velocidad. Las capacidades de precisión –la combinación de armas guiadas, sensores, redes de mando y control y herramientas de navegación que permiten localizar, seguir y atacar objetivos con gran exactitud– pueden producir efectos profundos en muy poco tiempo. La novedad es que se ha acortado radicalmente el tiempo entre la observación, la decisión y la acción, entre los sensores que detectan, los centros de mando que procesan la información y los vectores que ejecutan el ataque. La tecnología comprime los ciclos de decisión y favorece las reacciones prematuras o que parten de una lectura incompleta de la situación. Un ataque bien coordinado no solo puede destruir objetivos físicos: puede degradar el mando y el control, interrumpir comunicaciones, degradar la cobertura radar o dificultar la detección y el seguimiento de objetivos. A todo esto hay que añadir la IA, que acelera la fusión de datos, la priorización de blancos y el ritmo de la decisión, y también las armas hipersónicas, que, por su velocidad, maniobrabilidad y menor tiempo de aviso, pueden reducir aún más el margen para interpretar señales y calibrar respuestas. El problema estratégico es evidente: cuando el tiempo se acorta, crece el riesgo de reaccionar no tanto a lo que se sabe como a lo que se tem.
El segundo problema es el abaratamiento y la difusión de los vectores de precisión. Capacidades que hasta hace poco exigían grandes presupuestos, industrias avanzadas y fuerzas armadas muy sofisticadas hoy están al alcance de muchos más actores, y a costes mucho más bajos. Desde drones hasta misiles, la proliferación de estos vectores permite saturar defensas, confundir al adversario o golpear puntos críticos. Y esto altera la relación entre atacante y defensor: sistemas muy caros y sofisticados pueden verse presionados por medios mucho más baratos, numerosos y difíciles de neutralizar.La guerra de Ucrania lo ha puesto claramente de manifiesto, tanto por el uso masivo de drones baratos en el frente como por las operaciones de largo alcance contra infraestructuras críticas. También las grandes salvas iraníes de drones y misiles contra Israel han mostrado hasta qué punto la simultaneidad y la masa pueden elevar de golpe el riesgo de una crisis regional. La lección es clara: la capacidad de generar daños, saturar defensas o presionar estratégicamente al adversario ya no es patrimonio exclusivo de las grandes potencias. Esta difusión tecnológica amplía el número de actores capaces de provocar incidentes graves y de acelerar escaladas de consecuencias difíciles de contener.El tercer problema es la ambigüedad. En el ciberespacio, en el espacio o en el entorno electromagnético, no siempre es fácil saber quién ha actuado, con qué intención exacta o con qué alcance real. Una interferencia en las comunicaciones, un ciberataque, la degradación reversible de un servicio espacial o una acción de guerra electrónica pueden parecer movimientos limitados. Sin embargo, si afectan a un radar, un satélite, un enlace de datos o cualquier otra capacidad crítica, pueden ser percibidos como un intento de cegar, desorganizar o paralizar la capacidad de respuesta del adversario. En términos de escalada esto es fundamental, porque el significado político de una acción puede llegar a ser tan importante como el daño material que provoca.En definitiva, las nuevas tecnologías militares no hacen inevitable la escalada, pero sí más probable y difícil de controlar. Reducen el tiempo para decidir, amplían el número de actores capaces de generar daños graves y hacen más ambiguo el significado de muchas acciones hostiles. El peligro no es solo que los estados quieran escalar los conflictos, sino que una crisis pueda subir de escalón casi sin querer, empujada por la velocidad, la saturación y la incertidumbre. Esta es la paradoja de la guerra actual: cuanto más precisos, conectados y accesibles son los medios de combate, más difícil puede resultar evitar que una crisis se descontrole.