En la escuela está en juego la democracia
Las huelgas de docentes que hay en curso en Cataluña y el País Valenciano son hechos trascendentes, en el sentido de que van más allá de su dimensión gremial (por otra parte también fundamental y, por descontado, del todo respetable) y ponen en medio de la conversación pública cuestiones que nos afectan a todos. Cuestiones como qué tipo de sociedad queremos tener, y también de qué manera queremos que se gobierne esta sociedad, y de acuerdo con qué valores y con qué idea de futuro. Por descontado, apunta también qué futuro queremos, como ciudadanos de los Países Catalanes, para nuestra lengua y cultura, y para nuestra viabilidad como comunidad cultural en el mundo de los tecnofascismos. La escuela pública universal hasta los dieciséis años, y en catalán, son conquistas recientes que han comportado un gran avance para una sociedad que se define a sí misma mayoritariamente como democrática. No solo eso, sino que —tanto en Cataluña, como en el País Valenciano, como en las Baleares— esta sociedad ha tenido como nervio central la conciencia de ser una democracia aún frágil en muchos aspectos (el peso de una Guerra Civil, una dictadura militar fascista y una democracia nacida con toda clase de servidumbres al régimen anterior es pesado) y, como respuesta a esta fragilidad, la voluntad de profundizar, precisamente, en la democracia. Esto significa en el conocimiento, la defensa y el respeto de los derechos y las libertades de los ciudadanos. Para avanzar en esta profundización democrática, la escuela pública en catalán ha tenido un papel fundamental.A día de hoy lo tiene más que nunca, porque la voluntad de vivir en democracia se encuentra por primera vez seriamente cuestionada. Por eso es un error grave, o una mala fe demasiado oscura, que los gobernantes electos presenten a los maestros y a los profesores como los enemigos (así lo hacen el PP y Vox en el País Valenciano) o como un colectivo extremista que presenta exigencias descabelladas (como lo hace el Gobierno socialista en Cataluña). Intentar reducir o caricaturizar sus reivindicaciones como una simple cuestión de tantos dinero al mes o al año, aparte de irrespetuoso, es tergiversar el contenido de unas protestas que recogen un malestar que viene de atrás y en el que tienen una parte de responsabilidad todos los gobiernos —autonómicos y estatales— que ha habido hasta ahora. Menospreciar a los docentes, o querer salir del paso con un acuerdo con sindicatos grandes pero minoritarios dentro del sector, o —mucho peor todavía— infiltrar policías en las asambleas y después pedir medias disculpas, son gestos entre la falta de respeto y el autoritarismo.
La huelga catalana es de diecisiete días hasta final de curso, tres de los cuales son de huelga general de la enseñanza. La huelga valenciana es indefinida. Son protestas que muestran un nivel de compromiso muy alto por parte de quien las convoca y las mantiene. Esperamos como mínimo un nivel de compromiso equivalente por parte de los gobernantes que han de dar respuesta. Lo que está en juego no son solo unas condiciones laborales, es nuestro futuro como sociedad democrática catalanoparlante.