Las ruinas de Pompeya con el Vesubio al fondo todo nevado, Italia
hace 12 min
Escritora
2 min

En lo alto del Vesubio me dirigí al hombre que regentaba el quiosco de bebidas y, dominada por la maravilla, exclamé, con mi mejor italiano macarrónico y aquellos ojos de conocedora que me salen sin querer: “Dov'è Pompei?” El hombre señaló con el dedo a lo lejos y dijo: “È lì”. Fui feliz. Le había hecho una pregunta interesante, de persona que viaja, no de turista endiosada; lo había hecho intentando usar su lengua y me había salido bien. Cuando ya me iba (ya estaba visto, todo aquello), oí que otros turistas –mi sexto sentido me dijo que eran catalanes– le preguntaban: “Dov'è Pompei?”, y él, automático, señaló un punto en la lejanía (en otra dirección) y repitió: “È lì”.

Hoy pienso en ello, cuando el señor que pasa por delante de casa, en el camino rural que lleva a la fuente del Prepuci, que sale mucho en Instagram, con gorra de visera, gafas oscuras, bastones para caminar, acompañado de la pandilla de amigos, todos con gorra, pantalones cortos, zapatos del Decathlon (aún con el plástico blanco de la etiqueta pegado), se detiene un momento y me pregunta: “Disculpe, ¿esto qué árbol es?” Detengo la desbrozadora y digo: “Un níspero”. El hombre abre una sonrisa y exclama: “Ah, ¡claro, y tanto, un níspero, en mi pueblo decimos nespro”. Y todos los demás asienten con la cabeza de felicidad frutal. “¿No lo sabías, que también se dice nespro?”, pregunta, con ganas de que le diga que no, que no lo sabía. Pongo en marcha la máquina de nuevo para no oírles pedir si pueden probar uno (todos ellos quieren uno). Fingen un acento rural que considero, prácticamente, apropiación cultural.

Al cabo de poco, aparecen nuevos caminantes. También se detienen (al menos no llevan niños, o se estarían mucho más tiempo) y preguntan, con acento de Manelic, qué tipo de fruta es aquella. “Son peras”, digo, esta vez.

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