Personas durmiendo en la calle en Barcelona, en una imagen de archivo.
13/05/2026
Periodista y activista social
4 min

«Pues dirás la palabra justa,
la dirás en el momento justo»
Vicent Andrés Estellés
«Pues dirás la palabra justa,
la dirás en el momento justo»
Vicent Andrés Estellés

A la intemperie, que quiere decir a la intemperie y sin nada, es la primera entrada, el concepto iniciático, de un singular y preciado diccionario que se dio a conocer la pasada semana. El pasado lunes al anochecer, en la Sala Sagarra del Ateneu Barcelonès, se presentaba, pioneramente, el primer Diccionario del sinhogarismo en lengua catalana. Impulsado por quienes más saben de palabras precisas y definiciones acuñadas —esta institución común del catalán que es el Termcat— y por quienes más conocen la realidad en conjunto y al detalle de sobrevivir en la calle —la Fundació Arrels—. Doble rigor para recuperar el nombre exacto de las cosas y poder "decir las cosas tal como son", como recomendaba la canción de Raimon. Justo ahora, cuando tantas palabras son desterradas, manipuladas, pervertidas o vaciadas de contenido. La sala estaba llena y, lamentablemente, las calles también: el sinhogarismo ha crecido un 40% en Barcelona. En solo dos años. Han muerto siete personas este invierno. Hemos visto desahuciar el B9 de Badalona, los asentamientos de Barcelona o el aeropuerto del Prat. Mientras tanto, nos faltan palabras para nombrar la realidad, más aún en situaciones en las que lo que manda y domina es una invisibilización estructural, proporcionalmente inversa a la criminalización y el sensacionalismo. Las palabras —palabras contra estigmas, definiciones contra etiquetas— configuran y educan, al fin y al cabo, la mirada. Y cómo miramos define qué haremos —compromiso o indolencia, solidaridad o indiferencia—. Por eso este diccionario es también un espejo —de nosotros mismos.Esbozado el qué y el cómo, hay que matizar el cuándo. El ciclo político catalán ha hecho que antes hayamos visto impreso el diccionario —que dispone de versión en línea— que no se haya aprobado la proposición de ley de medidas transitorias y urgentes para hacer frente al sinhogarismo en el Parlament, que hace tantos años que esperamos. Estaba previsto el orden inverso, para que el diccionario estuviera también inspirado en el espíritu y la letra de la ley. Pero las sucesivas convocatorias electorales han hecho decaer una y otra vez el trámite parlamentario y, ya se sabe, sant volvemos a empezar otra vez desde cero después de cada elección. Supongo que el diccionario, anticipadamente y a la de ya, remacha el clavo. El concepto factor institucional, mira qué cosas, remite al diccionario al "factor de riesgo relacionado con las políticas y el funcionamiento de la administración pública y de sus organismos con relación al abordaje del sinhogarismo". Y el volumen, que va repleto de imprescindibles notas explicativas, lo concreta con claridad de calle: "La insuficiencia de presupuestos públicos, la falta de coordinación de los servicios sociales, los procedimientos y la burocracia de la administración pública o la falta de planificación en la desinstitucionalización son ejemplos de factores institucionales".La lingüística cooperación publicosocial en la redacción del diccionario narra también todo un equipazo que, rechazando la moda de los anglicismos, nos enriquece el léxico, afila el catalán e invita a una solidaridad ininterrumpida. El equipo va de Jordi Garcia —voluntario de Arrels que tuvo la idea original, amparado en "el poder transformador de habitar las palabrasfrustración, desesperación, sufrimiento, soledad, fragilidad, desesperanza. Al fin y al cabo, la directora de la Fundación Arrels, la buena de Bea Fernández, aclaró de entrada que hablaba de un diccionario que, sin necesidad de ningún relato, disecciona todo un panorama "de vidas rotas, de sistemas que fallan, de derechos vulnerados".Un diccionario, en los tiempos que corren, puede ser un lúcida arma pacífica de reconstrucción masiva. Este lo es, y quizás no haya lucha más urgente y contemporánea que la batalla cotidiana por el lenguaje. Una terminología contra la ambigüedad, con palabras conscientes y consistentes, en tiempos de reduccionismos, binarismos y polarizaciones. Porque el lenguaje siempre ha sido de doble filo: humaniza o brutaliza, transforma o reproduce, genera empatía o provoca rechazo. Porque las palabras —cada palabra que empleamos— nos pueden llevar al simplismo o la complejidad, a la estigmatización o a la dignificación, a acercarnos o a alejarnos. No hace mucho el filósofo Santiago Alba Rico revivía una escena reciente en el metro, cuando un hombre entró y anunció: "No les pediré dinero. Solo les pediré que levanten las cabezas de sus teléfonos móviles y me digan buenos días". El filósofo recordaba que es fácil tratar con abstracciones, cuando lo difícil es hacerlo cuando las necesidades de quien nos rodea se vuelven dolorosamente concretas. Como aquello tan concreto de rehuir la mirada y mirar a otra parte.

Entre quinientas sesenta y dos palabras que hablan todavía de dónde estamos, una se quedó —elección selectiva por estimulación estellesiana— en el concepto igual de apoyo: "Persona que, habiendo vivido en situación de sinhogarismo y actuando como colaboradora voluntaria o como trabajadora de una entidad social, acompaña y da apoyo a personas sin hogar, sobre la base de la relación entre iguales, la empatía, el respeto y la participación". Terminaba el acto y el deseo compartido era que el diccionario pronto quedara obsoleto —como archivo de un pasado injusto que hemos sabido superar colectivamente—. Y termina el diccionario, la última palabra, con el concepto cero funcional. Viniendo de la intemperie con que arranca el volumen, la última entrada es todo un programa social, una invitación a la esperanza activa y un horizonte en hoja de ruta. Porque cero funcional remite a un escenario donde el sinhogarismo ya no es una realidad estructural endémica; sí que puede suceder, pero, cuando sucede, la sociedad dispone de respuestas de emergencia y recursos residenciales para solucionarlo inmediatamente. Es decir, que en la práctica no hay. La entrada previa es, en cambio, el cero absoluto —el ideal universal de "nadie durmiendo en la calle", donde ya no hay ningún riesgo de que ninguna persona pernocte a la intemperie en nuestras ciudades—. Ambos ceros ya no dependen solo de un diccionario ni de tanta solidaridad organizada por las entidades sociales. Dependen de la política. De la democracia. De una idea de país. Es decir, que dependen todavía de todos nosotros. De cada igual de apoyo que cada uno podemos llegar a ser.

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