Estados Unidos: ¿apogeo o declive?
¿Se puede llegar a confundir un período en apariencia emergente, como la supuesta "nueva era dorada americana" predicada por Trump con otro que en realidad es un canto del cisne? Por supuesto: en determinadas épocas del año como esta, en enero, el rojo aterciopelado de la salida del sol y el del crepúsculo son idénticos, sobre todo en días ventosos como los que hizo la semana pasada. Quizá la América MAGA sea una pura ilusión óptica más crepuscular que matinal. Quizá, incluso, un éxito tan llamativo y militarmente impecable como el secuestro de Maduro no quiere decir mucho. La historia de los imperios es una sucesión de apogeos casuales y de declives inexorables. A pesar de la diversidad de contextos, culturas y estructuras políticas, los períodos de decadencia comparten algunos rasgos recurrentes desde las primeras civilizaciones hasta las potencias contemporáneas. En el mundo antiguo, uno de los más habituales, pero no el único, fue la incapacidad de mantener estructuras cada vez más complejas y caras. La imposibilidad de una administración territorial eficaz, la presión fiscal asfixiante y la necesidad de ejércitos gigantescos fueron comunes a las decadencias imperiales de la antigüedad; el caso romano es el más estudiado y con frecuencia el más emblemático. En el mundo moderno, la agonía del imperio Otomano, por ejemplo, resulta también significativo: burocracia desmedida, pérdida de control militar, incapacidad de adaptación a los nuevos tiempos. En general, la historia muestra que la decadencia no es exactamente un accidente, sino un proceso estructural que acompaña sin remedio la misma lógica expansiva de los imperios. Justamente por ello, Emmanuel Todd predijo la caída de la URSS con pelos y señales una década antes basándose sobre todo en indicadores demográficos.
En ocasiones, los momentos de máximo brillo (aparente) coinciden con tensiones subterráneas que anuncian un declive; la citada metáfora del canto del cisne resume bien este tipo de situaciones. Los períodos con repuntes económicos o cambios estructurales pueden ser engañosos: muchos imperios han vivido fases de crecimiento o expansión aparente justo antes de quebrar. En el caso de dicho imperio Otomano en el siglo XIX, las reformas modernizadoras escondían una estructura carcomida, agotada. Lo mismo ocurrió con los cambios que hacia 1985 propuso Mijaíl Gorbachov a la URSS. A diferencia de lo que los voluntariosos marxistas de salón occidentales quisieron percibir en ese momento –un vigoroso aggiornamento del socialismo real que sería una alternativa al capitalismo estadounidense– la perestroika era el canto del cisne de un sistema que, de hecho, nunca funcionó. El relato político trumpista puede crear la sensación ilusoria de vigor, y la siempre infalible narrativa de "renacimiento nacional" moviliza, cohesiona y genera expectativas dentro y fuera de los límites imperiales. En cambio, las fragilidades estructurales hondas, como las desigualdades o las disfunciones demográficas, son menos llamativas. En el seno del mundo MAGA, expresiones como "nueva edad dorada" u otros similares forman parte de un relato político, no de una diagnosis objetiva. Nadie duda del éxito de la operación Maduro, pero el canto del cisne suele ser precisamente eso: un último estallido de energía y poder inmediatamente antes de la decadencia. ¿Este es realmente el caso de Estados Unidos? Quizás la respuesta la encontraremos en la fijación por Groenlandia, que por cierto es bastante anterior a Trump. Cuando un imperio depende demasiado de proveedores, materias primas o tecnologías de otras potencias algo no funciona. De hecho, la historia de los aranceles tiene, en ese preciso sentido, una lectura ambivalente. Tener la sartén por el mango no garantiza lo que se cuece o se deja de cocer. Quiero decir que acaparar todo el petróleo de Venezuela no significa mucho si tu industria automovilística ya se ha podrido o si tu producción agraria depende en buena parte de la mano de obra irregular que contradictoriamente quieres expulsar.
La Roma de Calígula (37-41 d. C.) era inmensa y rica, pero también turbulenta e inestable en todos los sentidos. Conste que no pretendo realizar una comparación que sería a la fuerza anacrónica, sino una mera ilustración. El breve reinado de aquel siniestro personaje combinó un inicio de esperanza y optimismo con un clima creciente de miedo, extravagancia, crueldad y tensión entre el pueblo, el Senado y el ejército. Sin embargo, en ese momento el imperio Romano no tenía ningún competidor real: las Guerras Púnicas habían terminado victoriosamente hacía casi dos siglos. El Cartago de Estados Unidos, en cambio, existe. Se llama China y es la fábrica del mundo.