Churchill y Fabius contra Putin y Trump

Donald Trump y su secretario de Estado Marco Rubio siguen, desde Mar-a-Lago, el desarrollo de la operación militar en Venezuela, el pasado 3 de enero.
10/01/2026
Economista. Catedratic emèrit de la UPF i de la BSE. President del BIST.
3 min

Una estancia larga en San Francisco me ha permitido seguir de cerca el impacto interno de la operación Maduro y vivir ejemplos de la política migratoria de Trump: el primer día de actividad de la guardería del limpio de unos amigos se presentó la policía de fronteras para interrogar a los padres inmigrantes. También he podido observar lo que motiva este artículo: cómo se ve la política europea de Trump y qué lecciones debemos extraer.

Hay una gran coincidencia –en todos los sectores de opinión, incluidos los demócratas– en dos juicios: que Europa es un conglomerado decadente con gobiernos débiles y que se ha aprovechado de EEUU para su defensa. Lo ha tenido pero no lo ha pagado. Son juicios que deben preocuparnos porque, con todos los matices que se quieran, son apreciaciones con fundamento. A partir de ahí existen diferencias. Unos respetan, incluso envidian, la civilización que nos hemos dado. Otros, como los que ahora gobiernan, la menosprecian. En temas de defensa unos aplicarían una diplomacia clásica y suave. Pero quienes ahora gobiernan nos pedirán la entrega de Groenlandia en aplicación de la ley del más fuerte. Algunos antiguos republicanos querrán respetar los principios de la OTAN y remugarán. Pero no con suficiente firmeza para impedirlo. Quienes nos quieren bien, demócratas o republicanos, orientarán sus esfuerzos a lo que tanto ellos como nosotros consideramos el tema principal: detener a Putin.

En mi último artículo afirmaba que una batalla por Groenlandia está perdida para Europa. La pregunta relevante no es si Trump querrá apoderarse de ella sino qué puede hacer Europa para impedirlo. Como diría: no tenemos cartas. Y tenemos debilidades: Groenlandia no es parte de la UE, como Ceuta y Melilla, y en 1917 Dinamarca ya vendió a EEUU las ahora llamadas islas Vírgenes de Estados Unidos. Poner una línea roja sería un ejercicio de futilidad. La impotencia tiene consecuencias. Creo que se llegará en breve a la conclusión de que hay que negociar la entrega. Espero que lo hagamos con dignidad y preservando los derechos de sus habitantes.

El episodio debería hacernos muy conscientes de que para Europa la hora es grave. Estamos en un camino que pronto se bifurcará irremisiblemente. Un sendero –¡que sea lo que no tomamos!– lleva a la profundización de la decadencia. El otro, en el enderezamiento. Describo los hitos del buen sendero:

1. Ojalá reaccionemos y la actitud de Trump y Putin impulsen un patriotismo europeo que detenga la entrada de la extrema derecha en los gobiernos de España, Francia y Polonia. Esto significaría que un directorio europeo de emergencia constituido por la Comisión Europea, Reino Unido y los grandes estados miembros de la UE –digamos los de población superior a 30 millones– sería a la vez necesario y viable.

2. Para Europa el tema esencial en defensa es Ucrania. Es lo que merece línea roja: hay que detener a Putin donde ahora está. No será fácil dada la actitud de Trump, pero es posible. Tenemos cartas: los activos de los que disponemos, bien utilizados, pesan más que los de Putin. Pero nos conviene encarar el conflicto con el espíritu y la épica de Churchill.

3. Impulsamos la UE implementando las recomendaciones de los informes Letta y Draghi.

4. Desarrollamos un plan coordinado de autonomía estratégica en energía, comunicaciones (satélites), defensa e investigación (propiedad intelectual). El tráfico puede ser de diez a quince años, durante los cuales seremos vulnerables.

5. Habrá que encarar el conflicto con Trump con determinación e inteligencia. Como un episodio bélico serio con EEUU no es lo que debemos anticipar, el espíritu que precisamos no es tanto el de Churchill como el fabiano. Es decir, lo que sigue el ejemplo –introducido en el pensamiento político moderno por la Sociedad Fabiana británica a finales del siglo XIX– del general romano Fabius, que salvó a Roma de Aníbal ganando tiempo y evitando las batallas frontales. Creía, con razón –las líneas logísticas de Aníbal eran muy extendidas– de que el tiempo jugaba a su favor. No por las mismas razones, si nos lo proponemos (punto 1), el tiempo también ahora puede jugar a favor de Europa. Nuestros activos no serán tantos como los de EE.UU., pero Trump tendrá limitaciones. La prepotencia hacha que despliega, tanto dentro como fuera, hará crecer la resistencia externa e interna. Está en nuestras manos garantizar que no pueda impedir la consolidación de una Europa fuerte (puntos 2-4). Trump se ha preparado durante años y ha cogido al mundo por sorpresa. Pero el tiempo erosiona esa ventaja. Una estrategia fabiana sostenida con vigor puede ser la clave para salvar a una Europa independiente que sea faro de la democracia y la paz en el mundo.

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